Por: Ricardo Checa

El sábado 19 de enero, nos planteamos –como en la canción de Serrat– que podía ser un gran día. La ocasión no era para menos; se trataba de rendir justo y sentido homenaje a quien tanto tiempo y esfuerzo dedicó a la juventud de Sigüenza, entre los que incluyo a los alumnos, internos y externos, del colegio Sagrada Familia: D. Juan Antonio Sánchez Domínguez.
Fundó y dirigió la Escolanía Pueri Cantores y posteriormente el Orfeón Donceli, con todo lo que esto conlleva –actuaciones, ensayos, viajes por distintos lugares de España y el extranjero– consiguiendo, en fin, ilusionarnos con algo tan bonito como es la música. Y por si todo esto fuera poco, se “embarcó” en otros proyectos, como el polideportivo del Oasis y los cursos de inglés. Tanta  capacidad no pasaría desapercibida y, en el año 1958, es nombrado  Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desempeñó, también, el cargo de Secretario General de la Federación Nacional  de Pueri Cantores, cuya sede trasladó a Sigüenza.
Ahora nos tocaba a nosotros –a los que, de una manera u otra, fuimos beneficiarios de tanto esfuerzo y trabajo– decirle ¡GRACIAS!
El sol quiso unirse a la celebración y, ya a primeras horas de la mañana, iluminaba el ala este de la Ermita de San Roque –lugar elegido para el acontecimiento–  acompañándonos durante toda la jornada y haciendo, así, que resultara un día espléndido.
Fueron llegando los que, en su día, fueron componentes de la Escolanía, del Orfeón, antiguos alumnos, autoridades y,  naturalmente, D. Juan Antonio, acompañado de su familia. 


Después de los saludos, abrazos y los inevitables chascarrillos, dio comienzo el acto. Ofició, como maestro de ceremonias, Antonio Bernal quien, con el alma llena de ilusión, y después de dar la bienvenida a los asistentes, daba el turno de palabra  a los distintos participantes.
La primera intervención fue la del Sr. Alcalde –Francisco Domingo– que a pesar de no haber conocido a D. Juan Antonio en aquella época, por razón de su edad, estaba al corriente de la labor que realizó, expresándole su más profundo agradecimiento en nombre de todos los seguntinos. Nos adelantó que, como consecuencia de la petición cursada al Ayuntamiento, toda la Corporación Municipal –allí presente– estaba de acuerdo  en que el camino que discurre por El Oasis lleve el nombre de Paseo de “Hermanos Sánchez Domínguez”, haciendo así extensiva esta  distinción a su hermano Daniel que, también en este paraje, ha trabajado “lo suyo” en beneficio de los chavales; quedando pendiente las correspondientes formalidades. Cerró su intervención con la entrega de un regalo, en nombre de toda la Corporación.
Seguidamente hubo una ronda de testimonios de antiguos miembros de la Escolanía y el Orfeón, en la que participamos Juan Carlos García Muela, María Carmen Velilla, Ricardo Checa, María Pilar Martínez Taboada y Alberto Pérez, que interpretó un par de canciones de las que, en otro tiempo, cantara con la Escolanía.
Cada uno contó, desde su experiencia personal, vivencias y anécdotas referidas a viajes, conciertos, proceso de selección, etc. El grado de emoción era alto pero todavía lo era más, si cabe, el sentimiento de gratitud, que todos dejamos patente. Aquellas experiencias fueron muy importantes para todos los que las vivimos; lo sabemos, como también sabemos el gran esfuerzo que esto lleva consigo, por eso la palabra “gracias” afloraba con tanta frecuencia.
La presentación del catálogo, así como la exposición de fotografías, corrió a cargo de Javier Sanz, que ya en julio del 2006 publicó en el periódico “Guadalajara 2000” un estupendo artículo, “El Orfeón Donceli” en el que daba cuenta, con todo detalle,  de la labor llevada a cabo por  D. Juan Antonio. Agradeció, como así debe ser, las ayudas recibidas: Ayuntamiento (fotografías), Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y Diputación Provincial (catálogo) y Fundación  Martínez Gómez-Gordo (pancarta).
En representación de la Diputación Provincial, habló  María Jesús Lázaro –Diputada de Cultura– que tuvo palabras de reconocimiento y admiración para D. Juan Antonio y la obra por él realizada.


Y llegó una de las partes más emotivas del acto. La entrega de la condecoración que, a petición de la comisión organizadora y en consideración a los méritos del homenajeado, tuvo a bien conceder Don Juan Carlos I, Rey de España: La Cruz de Alfonso X El Sabio. A tal fin y requerimiento de Antonio Bernal, subió al estrado la Consejera de Cultura, Marisol Herrero, que glosó la obra de D. Juan Antonio y nos recordó que fue una de sus primeras alumnas en aquellos innovadores cursos de inglés; la emoción y gratitud estuvieron presentes en sus palabras.
Estábamos impacientes por ver la reacción de D. Juan Antonio, habida cuenta de su estado de salud, así como el componente de sorpresa que, para él, pudiera tener el acto. Pero los sorprendidos fuimos nosotros cuando tomó la palabra y casi no la deja. Primero su agradecimiento personal, en línea con su habitual humildad. Luego infinidad de anécdotas que se sucedían con una fluidez asombrosa, y hasta dio unos saltitos en el escenario. No tenemos ninguna duda de que está en franca recuperación, cosa de la que nos alegramos de corazón. Se encontraba a gusto –se notaba– entre su familia y su “otra familia”, la de los niños cantores –ya no tan niños– y los componentes del Orfeón.
Recordó el maestro de ceremonias la hora del almuerzo pero, mientras tanto,  hubo tiempo para recoger el catálogo, dejar nuestro testimonio en un precioso libro de firmas y disfrutar de la exposición de fotografías. Todos nos reconocimos en alguna, y los comentarios eran de lo más variopinto: ¡vaya minifalda!, ¡mira, este soy yo!, ¡parece que teníamos más pelo, entonces! Algunas fotografías –de la Escolanía– con más de cincuenta años de antigüedad, rayan con la obra de arte –no en vano D. Juan Antonio era un gran fotógrafo-.
La comida, en el Parador Nacional, fue entrañable. Tuvimos la ocasión de departir, recordando viajes, actuaciones y demás eventos. Es gratificante volverte a encontrar con amigos a los que hace tiempo –algunos, décadas– que no ves. Risas, abrazos, fotografías; se leyeron testimonios de compañeros, que no pudieron asistir y, al final, sucedió lo inevitable; apareció la carpeta de las partituras, El Orfeón  cerró filas y, bajo la dirección del Maestro, nos pusimos a cantar. A decir verdad, no salió mal, a excepción de algún semitono que, según  las “malas lenguas”,  se le escapó a Alberto Corsín, pero no está demostrado.
Todos sentíamos la necesidad de expresarle a él –a D. Juan Antonio– y en presencia de su familia, nuestro agradecimiento y todos, de una u otra forma, así lo hicimos.
En definitiva y, como en la canción de Serrat, pudo ser un gran día, y lo fue.