Por: Javier Oliva

En el interior de la selva.

Cuando en España se habla de Guinea Ecuatorial, la imagen que reproduce automáticamente nuestro cerebro es humedad, calor y selva. Nuestra imaginación nos transporta a un relato de aventuras lleno de romanticismo, pero cuando pones pie en tierra después de 5 horas de avión, te das cuenta de que estás equivocado, de que estás felizmente equivocado. Lo primero que te llama la atención en el Aeropuerto de Malabo es una gran árbol, una ceiba de más de cuarenta metros de altura. Las sorpresas no han hecho más que empezar. La sequedad de la cabina de pasajeros del avión se ve instantáneamente transformada en una humedad pegajosa que te ahoga. El aire está impregnado de olores desconocidos. Los ojos no paran quietos un instante. Todo es distinto.

Un calle de Bata

La escala en la isla de Bioko me lleva algo más de dos horas. Allí se encuentra encalvada Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, pero mi destino es Bata, la capital continental del país. Así que después de sellar el pasaporte y sortear los trámites administrativos, me embarco en un pequeño avión hacia el continente, hacia el corazón de África. El trayecto dura 40 minutos. Poco antes del aterrizaje, a través de la ventanilla puedo observar la selva, un infinito mar verde que se extiende más allá de lo que la vista puede alcanzar. Hay árboles enormes por todos lados, una estampa que te seduce porque caes en el error de equiparar aquel bosque a los que ya conoces, pero la realidad te supera, te engaña, te devora. Aquello es la selva, y no conoces la selva hasta que te engulle.
El aeropuerto de Bata es nuevo, pequeño, casi acogedor después de tantas horas del viaje que te carcome el cuerpo. Un centenar de personas te examinan cuando por fin sales de la terminal. No es extraño. Eres una mosca blanca en un país de raza negra. No puedes pasar desapercibido. Eres el centro de atención y no puedes hacer nada por evitarlo.
Un Hermano de La Salle oriundo de Valladolid me recoge en el aparcamiento para llevarme a uno de los tres colegios que los religiosos tienen en la ciudad. Mientras nos trasladamos, mi primera impresión es desoladora. La ciudad se me antoja peor que la más devastada barriada de cualquier capital europea. Las casas son de madera, de una planta, apiñadas sin orden ni concierto entre las contadas avenidas asfaltas que te vas encontrando. La gente camina pausadamente por unas estrechas aceras de hormigón recién construidas. Algunas mujeres llevan un paraguas para protegerse del sol. Todos van bien vestidos aunque lo que más abunda son prendas deportivas en desuso, antiguas, desteñidas por el sol y por los años. Algunas están rotas, hechas jirones, pero son las menos. Sol, calor, humedad... una humedad del diablo que hace que la sensación térmica aumente diez grados sobre la temperatura real. Es decir, mi piel se está desecando a más de cuarenta y cinco grados.

Catedral de Bata

Llego al colegio, que me parece un palacio después de lo que acabo de ver desde el interior del viejo Land Rover. Tiene agua corriente y por la noche disfruta de electricidad gracias a un grupo electrógeno. En Bata no hay grifos porque no hay conducciones de agua. La gente hace colas interminables en las fuentes para llenar grandes bidones de plástico que transportan sobre sus cabezas de vuelta a casa. Tampoco hay red de saneamiento, no hay alcantarillado, no hay cuartos de baño. No hay retretes. Cuando te mueves por la ciudad, la fragancia de multitud de flores sucumbe ante el hedor inaguantable que despiden las partes traseras de las casas. Barrios enteros defecan unos al lado de los otros al aire libre.
Me ducho gracias al agua del pozo que tienen los hermanos. Me siento a comer algo para recuperar fuerzas. “Si no comes en África, África te come a ti”. Es una máxima que jamás hay que olvidar, aunque tu estómago no te pida nada. Me ofrecen un poco de yuca, plátano y algo de pescado. De postre una piña, la más dulce y exquisita que he tomado en mi vida. Salgo a conocer el centro de la ciudad.
Guinea Ecuatorial dejó de ser colonia española el 12 de octubre de 1968. Este hecho es un lazo más que nos une a ellos porque ambos celebramos la fiesta nacional el mismo día. Para no entorpecernos mutuamente, los españoles residentes en el país posponen los actos de El Pilar hasta el día 13. Pero apenas queda rastro de la colonia. Dicen que Macías, primer presidente de la República de Guinea Ecuatorial, se ocupó de borrar cualquier vestigio de la presencia española en el país. Muy pocos edificios han resistido el paso del tiempo y del cambio político. Se los reconoce porque son de cemento y porque su tejado es ondulado, como olas de mar. La catedral, restaurada con gran acierto hace pocos años, es de estilo gótico neocolonial, una joya de 1954 que rompe con gusto y prepotencia el pobre equilibrio arquitectónico de la ciudad. El paseo marítimo es de nueva construcción. Nada que envidiar a los que tenemos en nuestras ciudades costeras, un parche moderno e inútil entre toneladas de miseria. Un lujo innecesario porque aquello sólo sirve para que, durante las noches, la letanía de farolas que lo pueblan acojan bajo sus luces a multitud de muchachos cargados de libros y cuadernos para poder estudiar. En sus casas no hay ni siquiera bombillas y la noche cae rápidamente, puntual, a las seis durante todo el año. Porque el equilibrio en el ecuador es perfecto: doce horas de sol y doce de estrellas.

Petronila y yo


Conozco a Julita, una religiosa española de la orden de las Agustinas Misioneras que lleva allí casi treinta años. Me cuenta que en Guinea, aparte de “Cooperación Española”, organismo dependiente del ministerio de Asuntos Exteriores, hay más de cuarenta órdenes religiosas trabajando para los demás, tratando de hacerles la vida más fácil, ayudándoles a mirar al futuro con esperanza e ilusión.
Por lo que dice, intuyo que entre todas las comunidades hay un acuerdo tácito, una especie de protocolo no escrito para repartirse el trabajo. Las Agustinas, entre otras obligaciones, se ocupan de impartir seminarios de salud y de formar nuevos catequistas en los poblados del interior.
La Salle tiene tres colegios cuyos alumnos salen académicamente preparados para acudir a cualquier universidad del mundo. Sólo les falta una beca que les lleve a Europa o Estados Unidos, pero es casi misión imposible. Hay muy pocas posibilidades de conseguir dinero. También tiene una Escuela-Taller para formar nuevos carpinteros, electricistas y administrativos.
Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana tienen un prestigioso policlínico en Bata llamado “Centro de Salud María Rafols” que es un referente de buena práctica médica y social para la población residente en la capital y sus alrededores. Da trabajo a médicos y enfermeras guineanos y se ocupa de mejorar la salud de todos aquellos que acuden a sus puertas. La retahíla sería interminable.
La vida de estos compatriotas es dura por un clima abrasador y hostil, dura por lo que ven, dura por lo que sienten, pero jamás abandonarán voluntariamente su labor. África es un veneno que, una vez te corre por las venas, crea adicción. El paludismo les come por dentro de forma crónica, pero son incapaces de salir de allí. La sonrisa de un niño vale un mundo, más que sus raíces, más que sus propias ilusiones, más que ellos mismos, como una enajenación que a veces raya en la desaprensión. Benditos desaprensivos.
Paso varios días en otro colegio de La Salle montando con un compañero una sala con treinta ordenadores para que los alumnos estudien informática. Los aparatos han sido comprados a buen precio en España. El aula es un paraíso. ¡Tiene aire acondicionado! Se lo agradecemos nosotros y los equipos electrónicos porque, de no ser así, no resistirían el calor y la humedad. La poca electricidad que les llega del exterior y un grupo electrógeno hacen que, después de diez días, la sala de informática sea un éxito. Ahora tienen una treintena de ordenadores conectados en red e incluso conexión a Internet, una ventana abierta al resto del planeta. Me pregunto si es conveniente que vean otro mundo bajo las condiciones de vida que sufren.
Guinea Ecuatorial, más que una colección de paisajes, es un país de sensaciones, de sentimientos, de emociones. Las novedades se presentan a borbotones y te sientes incapaz de asimilarlas porque cuando crees que ya las tienes atrapadas, nuevas y más impresionantes situaciones te hacen perder la memoria.
El país es tan extenso como Galicia, así que, aprovechando un viaje al interior que tiene que hacer uno de los hermanos, me embarco en el viejo Land Rover y partimos temprano. Nuestro destino es Akonibe, una pequeña ciudad a unos trescientos kilómetros selva adentro. Me las prometo felices porque la carretera está vacía y asfaltada, pero es sólo un espejismo. Pasados los primeros setenta kilómetros, el alquitrán desaparece y tenemos que transitar por una pista de tierra tan maltrecha que apenas alcanzamos en algunos tramos los 60 kilómetros por hora. El viaje nos lleva casi todo el día y nuestros huesos se quejan por la noche del traqueteo violento e incesante del Land Rover.

La selva en el Parque Nacional Monte Alen.

Te das cuenta entonces de que Bata es moderna y avanzada si lo comparas con el resto del territorio. El interior parece otro país. La selva engulle las carreteras. Te parece estar transitando por un laberinto que tiene más de cuarenta metros de altura. Estas sumergido en un océano vegetal, verde, lleno de vida. Escuchas los cantos de las aves, los insectos, los animales. No puedes verlos pero están ahí. La selva te transmite todo su poder y te sientes vulnerable, pequeño. Cruzamos ríos donde descubrimos gente bañándose y lavando ropa. Los niños nos saludan perplejos, como autómatas. Cuando respondemos agitando la mano nos obsequian con una dulce sonrisa. Atravesamos poblados de unas pocas casas donde la gente al principio nos recibe con recelo. Somos mitang, somos blancos, y los blancos que van a Guinea Ecuatorial tienen poder y dinero. Eso es lo que creen, es lo que siempre les han dicho. Pero pronto ven que no es así y te acogen, y te regalan papayas, piñas, bananas... Te invitan a  pasar a sus casas, chozas de madera cubiertas con hojas de nipa que por el día están vacías y por la noche comparten quince o veinte personas entre las que puedes encontrar ancianos moribundos, niños malnutridos y adultos enfermos crónicos de paludismo. Sus ojos amarillentos así nos lo demuestran.
¡Mbolo! Este es el saludo en fang, el idioma más hablado en el país. Si bien la lengua oficial es el castellano, la tribu fang es la más numerosa. Algo me llama la atención. No tienen nada pero son felices. No tienen nada pero lo dan todo. Trabajan una pequeña finca que defienden día a día y a golpe de machete del ímpetu de una vegetación indomable. La selva les provee de todo lo que necesitan, de agua, de frutas y verduras, de carne si han tenido suerte y la trampa para cazar animales ha funcionado. Pero la selva, “el bosque” como lo llaman ellos, también dicta sus leyes y marca la línea que separa la vida de la muerte. Animales mortíferos como la víbora cornuda de Gabón, habitan entre la hojarasca podrida y húmeda que alfombra la selva. Su mordedura, potente, puede matar a un elefante. Por eso se la llama la “cuatro pasos”, porque si te muerde no serás capaz de caminar mucho más. Hay leopardos, monos tití, arañas tan grandes como la palma de la mano, insectos que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Pero el animal más peligroso de todos es la hormiga. Miles de millones de ellas son capaces de acabar con una cosecha, con una casa, con un niño, con cualquiera que se cruce en su camino y no se aparte. En el interior de la selva eres hombre muerto, así que sólo nos atrevemos a adentrarnos unos pocos cientos de metros acompañados por un muchacho, lo justo para oler, ver y tener conciencia de que eres insignificante en aquella masa vegetal.
Guinea Ecuatorial te marca a fuego el corazón. Es una droga dura que al principio repudias pero que, una vez consumida, no puedes abandonar.