
Arco árabe de Medinaceli
Seguimos nuestro paseo por los arduos pero apacibles “caminos” de la historia. Como de todos es sabido, después de la España visigótica, se sucede la etapa “musulmana”. Por algunas causas previstas y otras, un tanto imprevistas –tema, que aquí, no vamos a analizar–, los musulmanes “entraron” en la Península Ibérica; y por ende, entraron también en nuestra Diócesis –por aquel entonces– de Sigüenza.
Los musulmanes, después de la toma de Toledo, se dirigieron a Zaragoza y en el camino pasaron y tomaron las ciudades de Cómpluto y Sigüenza. Esta conquista del territorio Ibérico tiene como protagonistas a dos generales destacados del ejército musulmán: Tarik y Muza. Muza conquistó la parte de la península que lindaba con las tierras salamantinas, y por su parte, Tarik, conquistó la parte del Levante, conquistando a su vez Molina y Sigüenza. Así, cada uno conquistando la mitad, quedaron, Tarik y Muza, en las puertas de Zaragoza, dando así por finalizada la conquista de la parte central de la Península Ibérica. Toda esta aventura se sitúa entre los años 711 al 715. Pudiendo fijar como fecha, más o menos orientativa, de la toma de Sigüenza el año 713.
En el inicio de esta invasión, Sigüenza no vio menguada la importancia que le era propia. En cartas de la época aparece citada como enclave importante de la conquista en la que residió el poderoso Samael, valido de Toledo y jefe de la facturación egipcia. Poco a poco perdió dicha importancia, quedando Sigüenza reducida a una aldea dependiente de Medinaceli. Algunos historiadores afirman que incluso le fue arrebatado hasta el propio nombre de Sigüenza a favor del de Medinaceli.
Desde el 713, la Diócesis de Sigüenza, la Sigüenza cristiana, quedó “presa” por un espacio de unos cuatrocientos diez años. Pero no todo fue fatídico. En medio de esta etapa de menos luz, en medio de esta cautividad, aparece un alivio: el obispo Sisemundo, o como se le podría llamar a día de hoy, Don Sisemundo.
La referencia a nuestro obispo de la etapa musulmana nos viene de mano del propio San Eulogio de Córdoba, en torno al año 840, –ya por entonces apuntaba la relación de Córdoba con Sigüenza–. Este santo escribe en una de sus cartas que al volver de un viaje –que no estuvo exento de riesgo– de las tierras navarras, se detuvo, entre otros lugares, en “Segontia”, y que aquí fue acogido por el obispo Sisemundo, al que califica de hombre prudentísimo –cosa lógica por los tiempos que corrían–.
Que aparezca Don Sisemundo pasados los cien años de la toma de Sigüenza por los musulmanes, indica que en este espacio de tiempo hubo sucesión en la sede de Sigüenza. De estos obispos no han quedado ni los nombres. A su vez, que haya obispo significa que hubo cristianos en cautividad, silencio y discreción. Estos se dedicaron simplemente a transmitir la fe en el silencio de sus hogares de padres a hijos, de abuelos a nietos, así la fe no quedaba muerta, sino que se veía fortalecida. Es digno de recordar ese “dicho” que reza así: “la sangre de los mártires es germen para nuevos cristianos”. Y así sucedió en nuestra Sigüenza.
Quizá todavía viviese Don Sisemundo cuando aparece un amago de reconquista pacífica a manos de Alfonso III, rey católico de León que llegó hasta Atienza, queda reflejado que en esta zona, y también, en Sigüenza, había cristianos que facilitaron esta reconquista pacífica. No sabemos las causas, pero Alfonso III desistió de esta empresa, y a su retorno a las tierras leonesas, los cristianos que habían favorecido su reconquista, fueron cruelmente reprendidos y castigados.
Esta crueldad a la que fueron sometidos los cristianos, provocó que su anonimato fuese mayor, que se perdiese por unos años la sucesión oficial –quizá hubo obispos pero de los cuales no queda reflejada ni su existencia– en la sede seguntina. Así podemos decir que la Diócesis de Sigüenza “desaparecía” por un período de dos siglos, del 880 al 1124.
Queda constancia de este hecho en un diploma de Don Bernardo de Agén, obispo que reconquistó con su ejército la zona –ya que las formas pacíficas fueron inviables–, y del que hablaremos en el próximo “paseo de historia”. Él, Don Bernardo, viene a escribir que fue el primer obispo de Sigüenza después de la invasión a manos de los sarracenos que destruyó la Iglesia.
Hecho peculiar es que Don Bernardo escribe Iglesia con mayúscula, luego no se refiere al edificio, sino al conjunto de todos los bautizados –que eso es la Iglesia–. Con esto podemos decir que hubo una especia de paréntesis forzado en la vida de los cristianos de Sigüenza y en consecuencia de sus obispos, en definitiva de la diócesis.
Una de las dudas –que espero que algún día se esclarezca– es que a finales del siglo VIII aparece en Oviedo, otra de las grandes ciudades de los obispos, una serie de obispos que por motivos de la invasión residen allí. Así aparece un tal Don Eterio, que era obispo de Osma. Si pensamos en la proximidad de Osma con Sigüenza, cabe preguntarnos ¿no estaría también por Asturias algún obispo que marcase la sucesión de la sede seguntina? De momento, como decimos, la única respuesta es la propia duda.
De momento, con los estudios de investigación en la mano, sólo podemos hablar de Don Sisemundo como única huella diocesana en la dominación musulmana. Sólo podemos contar con el diploma en el que Don Bernardo afirma la destrucción de la Iglesia. Sólo podemos decir que esta etapa es una etapa de silencio, de prudencia y de interiorización de la fe.
Con lo dicho, no podemos olvidar que todo esto es digno de contextualizarlo. Estamos a tan sólo ocho siglos del nacimiento de Cristo –hecho que por su transcendentalidad pone a cero el contador de la historia–. Ocho siglos en los que las culturas todavía no se han restablecido de todo lo acontecido con el Imperio Romano. Ocho siglos en los que el movimiento pendular de la historia es más acelerado que en etapas posteriores. Ocho siglos en los que la Iglesia naciente sólo ha tenido “disgustos”. Por estos ocho siglos, hay que saber mirar pacientemente los acontecimientos y saber insertarlos en su momento.
Sólo un nombre para este período en el tema que nos ocupa: Don Sisemundo, que como buen obispo, como verdadero pastor del “rebaño” del Pueblo de Dios, destaca por su prudencia. Buen ejemplo nos deja este espacio del 713 al 1124, que por muchas que fueron las tormentas, hubo un rayo de luz que no es otro que la prudencia en la persona del obispo Sisemundo.