Por: Javier del Castillo

Siempre he tenido claro que la misión esencial del periodista es contar historias. Historias que emocionan y conmueven, porque retratan la vida y lo que está pasando. Basadas, eso sí, en hechos reales, que previamente han sido contrastados y enriquecidos con los testimonios de sus protagonistas. Esto es el periodismo en estado puro, sin las adulteraciones y las manipulaciones a las que tan acostumbrados estamos.

Uno de los problemas más graves del oficio de informar –junto a la crisis económica, que recorta los puestos de trabajo y la libertad de prensa– es que no se cuentan historias reales que interesen y atrapen al lector. Por supuesto que hay excepciones, pero una de las críticas más frecuentes que me llegan de lectores y oyentes es que los periódicos, las radios y las televisiones aburren hasta a las ovejas. Otra crítica, sin lugar a dudas, es la pérdida de credibilidad, acentuada por la excesiva dependencia ideológica de muchos medios de comunicación.

Pero no es mi intención hacer aquí una tesis sobre la profesión que mejor conozco. Ni mucho menos. Mi propósito es llamar la atención sobre una realidad, aparentemente menor, que debería hacernos reflexionar a todos: la desaparición de esa transmisión oral de historias que se pasaba de padres a hijos, tomando como clara referencia a los abuelos. En una palabra, ya no se cuentan historias del pasado, ni tampoco se escuchan relatos apasionantes en ese entorno familiar o de vecindad que era en verano el poyo de la entrada de la casa, y en invierno las sillas de anea o los taburetes de madera, junto a la lumbre.

La proximidad de la noche de San Juan me ha hecho recordar algunas de esas historias que escuchaba de niño, cuando la familia salía al poyo de la puerta o a los bancos de la plaza a tomar el fresco. Cuando los relatos eran más subidos de tono –historias de fulano o mengano que tuvo un lío con fulana o mengana–, entonces alguno de los presentes recordaba aquello de “cuidado, que hay ropa tendida”, y seguidamente se nos invitaba amablemente a “ir a ver cómo mea la cigüeña”. Sin embargo, en esas improvisadas tertulias, muchos de nosotros descubrimos a auténticos narradores orales. Y soñamos también con mundos que nos parecían misteriosos e increíbles.

La televisión a principios de los años sesenta era todavía un invento reciente, reservado para los grandes acontecimientos –las corridas de toros, las misas del Papa y las películas del Oeste–, y las radionovelas se emitían por capítulos en horario de tarde. En definitiva, que ninguno de esos dos medios audiovisuales de masas, la televisión y la radio, nos habían usurpado todavía el don de la palabra. Las mejores historias que yo recuerdo de esa época de mi infancia no tenían imágenes, salvo algunas en blanco y negro, pero eran muy ricas en imaginación y vocabulario. La narración oral paliaba la escasez de libros.

El mundo rural, como me decía hace poco la escritora Espido Freire, ha generado grandes contadores de historias. Ella recuerda a su abuela de Galicia contándole leyendas y cuentos de brujas, mientras el abuelo trataba de puntualizar y concretar algunos detalles de la narración, que la buena señora había tergiversado o pasado por alto intencionadamente. “Mi abuela era la mejor narradora y contadora de tradiciones e historias que yo he conocido en mi vida. Y le molestaba que mi abuelo la interrumpiera porque no seguía el guión establecido, cuando ella lo hacía de forma premeditada para añadir emoción al relato”.

Salvo algunas biografías de santos que recomendaba mi tío el cura, alguna que otra novela del Oeste, la enciclopedia Álvarez, la revista retrasada de “Semana”, “El Promotor”, “El Pan de los Pobres” y “El Eco”, el acceso a la información era entonces un derecho reservado a una minoría. Un derecho desconocido en amplias capas de la sociedad. Hoy el problema es otro: el exceso de información. Hoy no podemos quejarnos de falta de información, sino de los peligros que entraña la información no clasificada, tergiversada o manipulada con fines muchas veces inconfesables.

La llegada de la televisión, como algunos llegaron a pronosticar, no supuso el fin de la radio, pero sí creo que ha significado, en buena medida, la desaparición de las tertulias al fresco. Así como la condena a muerte de la no siempre bien valorada transmisión de historias y conocimientos de unas generaciones a otras. 

A ningún niño de ahora –da lo mismo que viva en la ciudad o en el campo– se le ocurriría madrugar el día de San Juan para ir a buscar manzanilla al monte. Entre otras cosas porque está prohibido cogerla. Sin embargo, yo recuerdo de niño ver amanecer en plena primavera, entre encinas y estepas, camino de Tordelrábano, Alcolea de las Peñas, Rienda y Cinco Villas. Vivir el esplendor de la vegetación, entre barranqueras salpicadas de nidos de avejarucos o madrigueras de conejos, disfrutar del vuelo raso y veloz de una bandada de perdices o del planear de buitres, que despegaban y aterrizaban en las encrespadas rocas de Valdearcos, es algo irrepetible.

De cuando en cuando, trato de recordar aquellas excursiones infantiles del día de San Juan y me imagino a los niños de ahora en esos escenarios artificiales, sin saber distinguir entre un roble y un castaño. También recuerdo historias de pastores y de bandoleros que nuestros abuelos situaban en esos bellos parajes.

Al final, lo que queda siempre de estos escenarios de la infancia es precisamente una historia y unas cuantas aventuras –reales o ficticias-, pero bien contadas. Al lado del huerto de “La tía Pelona” –supongo que en honor a la abundante cabellera de la señora– recuerdo una historia que me contaron de pequeño y que puede tener cierta vigencia en estos días de elecciones.

Resulta que el gobernador provincial estaba de gira y se acercó a visitar La Riba de Santiuste, con el fin de explicar lo mucho y bien que estaba trabajando el Gobierno de España en la mejora y progreso del medio rural. El discurso se alargó más de lo previsto y, cuando el gobernador ya se preparaba para escuchar y agradecer los aplausos casi obligados de todo el pueblo congregado al efecto, se alzó una voz entre el público que intentaba resumir a su manera lo que allí había pasado: “lo que hay que hacer es trabajar más y hablar menos”.

Estaba claro a quién iba dirigido el inoportuno mensaje del Tío Perico –combatiente en la guerra de Cuba, en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Civil–, pero le salvó la atenuante de que con los años había perdido un poco la cabeza. En aquel momento de tensión, el bueno del Tío Perico era la lucidez en persona. Había dicho lo que pensaba y se había quedado más ancho que largo.

Cuando yo quería cabrearlo le decía: “Tío Perico, cuando mates el gallo me guardas el pico”. Su respuesta, antes de que me cogiera a la carrera, siempre era la misma: “Te guardaré los espolones…”

No hace falta seguir con la rima. Aquel hombre estaba de vuelta de muchos frentes, era un sabio y además un gran narrador de historias. De historias que él mismo había vivido y que, como tantas otras, se han perdido en el recuerdo.