Por: Tribulete

Eduardo Carpintero Gallego

Pues le llegó el turno a la Música. Así, con mayúscula. El brillantísimo arte, las grandes partituras, tienen también su pequeño corralito en nuestra ciudad, que ha aportado algún que otro de sus hijos a la más brillante orquesta española: La Orquesta nacional de España, fundada en 1940 tras la fusión de las orquestas Sinfónica y Filarmónica de Madrid. En sus orígenes tuvo una plantilla de 176 músicos, siendo su primer director titular Bartolomé Pérez Casas. Eduardo Carpintero, seguntino por los cuatro costados, maestro del violín, nos ocupa el primer lugar. Ingresó en la orquesta en 1970 y nos cuenta sus peripecias anteriores y posteriores a aquel momento. Acude a la cita a una terraza seguntina de postín donde le esperamos Domingo Bartolomé, asimismo músico de vocación y oficio, también apegado a un violín, compañero de nuestro entrevistado, y un servidor.

 
 
En el mundo de la música, por muchas ayudas que recibas, subvenciones, etc., si eres un mediocre, seguirás siendo siempre mediocre. ¿Os acordáis de la película “Amadeus”, de Milos Forman? Era una obra de teatro llevada a la pantalla que exponía una visión de la vida de Mozart. Ahí apreciamos a Salieri, un músico que trabajaba concienzudamente sus obras y que profesaba una tremenda admiración al tiempo que un inmenso odio al joven de Salzburgo, porque él solo era un músico mediocre, y sin embargo Mozart era un genio, que componía como si nada la música que él hubiera querido componer, y no podía. Incluso termina encargándole al rivel el Réquiem para su propia muerte… Al final de la película, ya mayor, incluso se atreve a decir “vivan los mediocres”… Eduardo comienza hablándonos del mundo musical con este sugerente comentario acerca de lo grande y lo pequeño en la música. Durante muchos años su figura resultó familiar para los asiduos a los conciertos del Teatro Real y posteriormente del Auditorio Nacional, en Madrid. La vocación por la música me vino de pequeñito, tendía los seis años. Tenía un tío que tocaba el trombón en la banda. Como en aquellos tiempos no había recursos, no había instrumentos buenos ni estuches de calidad, por lo que mi madre las hizo unas fundas para el instrumento, de tela, y como a mí me gustaba oir la música y ver tocar a mi tío, le llevaba la funda, y ahí empezó todo. Empecé a tomar clases de música con un maestro nacional, Don Carlos Ferro, que estaba desterrado aquí en Sigüenza por ser maestro fiel al sistema educacional republicano; por cierto, y aunque la gente joven no se lo crea, todavía en 1969 tenía que pedir permiso a la Guardia Civil para poder ir a Madrid… Este hombre era un gran humanista y me enseñó sobre todo a mantener una forma de ser para toda una vida. Como además de la carrera de magisterio tenía la de música, me animó a estudiar violín, y así lo hice. El solfeo lo estudié con el maestro de la banda, y a los once años me fui a examinar de tres cursos de solfeo y tres de violín, preparando también con don Carlos el solfeo. Saqué sobresaliente en todo. Así seguí hasta los diecisiete, en que me fui a estudiar a Madrid. ¿Y después? ¿Sólo música? No, en absoluto. Mi padre creía que la música no daba para vivir, así que estudié y terminé peritaje mercantil, para seguir luego con la música. Un inciso particular: esta historia no es única. Vale como ejemplo el caso del genial tenor español Alfredo Kraus; también enamorado de su profesión y su arte, tuvo que posponer la finalización de sus estudios musicales hasta terminar una carrera, creo que la de perito industrial, por expreso deseo paterno, basado en los mismos criterios de precariedad económica… con los resultados posteriores de todos conocidos. La música nunca fue, desde luego, salvo para unos pocos privilegiados, un lugar muy seguro para labrarse un porvenir, según los parámetros de la época. Me dediqué entonces con todas mis fuerzas a la música, –aquí el rostro refleja la vieja pasión– fui a estudiar a Bruselas, mi vida era sólo el violín, reservándome tan solo unos días para el descanso en verano aquí en Sigüenza. Me di cuenta entonces que en la música había que estar en la élite para poder vivir de ella, y comencé a hacer infinidad de programas que eran en directo entonces en televisión, estuve de concertino en el Teatro de la Zarzuela, donde se representaba unos meses al año el ballet, otros la ópera, otros zarzuela, etc. Hice tournés, festivales de España… grabaciones de discos, bandas sonoras de películas… me di cuenta al tener mi segunda hija que vivir sin nada fijo era un poco malo, qué pasaría con mi familia si caía enfermo… y a los treinta años me puse a estudiar al terminar mi jornada laboral, y saqué la oposición a la Orquesta Nacional, cuando estaba de director Rafael Frühbeck de Burgos. Fueron entonces unos tiempos grandes para la orquesta con numerosos reconocimientos internacionales. Tuve la suerte de trabajar con muchos grandes instrumentistas de la orquesta, como Ballesteros, Carmena, Alvarez… entré en los violines primeros (ojo, esto no es cuestión de categoría sino de voz, hay violines primero y violines segundo, que se diferencian en la partitura especial para cada cual). ¿Y ahora? Soy diabético y ello me afectó mucho; al perder vista, estuve un tiempo que tocaba con la partitura ampliada, pero llegó un momento en que no podía más, y entonces me pasé a formar parte de los tribunales de oposición para la Orquesta Nacional y otras áreas del Ministerio de Cultura, como por ejemplo Jefes de Negociado, etc. Sigo formando parte de la plantilla de la orquesta, pero me dedico a estas otras cuestiones.
 
 
La Orquesta Nacional llegó a ser la Meca de los músicos españoles. Su calidad musical fue muy apreciada y reconocida, rara avis en pleno desierto cultural, tan solo mitigado por la aparición de algunas individualidades geniales. Tras haber tocado en una serie de orquestas como la Sinfónica, la Filarmónica, la Orquesta de la Zarzuela, orquestas de cámara, etc., entrar en ella en aquel entonces era de estar viviendo con seis a vivir con doce. Dábamos conciertos, grabábamos mucho, hacíamos la Opera en mayo… pero fíjate, en los primeros años, de los 365 días del año, hacíamos solo 120 jornadas de trabajo…
 
Le llega el turno de preguntas al colega Domingo Bartolomé: ¿cómo ves tú, desde tu punto de vista, en la época de estudiante, de profesional, el desarrollo de la música clásica en cuanto a protección, subvenciones, orquestas, en resumen, cómo ves el mundo de la música clásica? Mira, cuando yo entré en la Orquesta Nacional estábamos tan sólo nosotros y la Orquesta de RTVE, que se había formado unos siete años antes. El resto eran orquestas como el Guadiana: ¿Había presupuesto? Pues tocaban ¿No había presupuesto? Dejaban de existir. No eran orquestas fijas ni mucho menos. Ahora creo que hay 26 orquestas sinfónicas fijas, la ópera, la zarzuela… Queda bien clarito. ¿Y el futuro?¿cómo lo ves? ¿Hay público suficiente para mantener este estado de cosas? Público hay para todo lo bueno: si le das cosas buenas, irá, pero si le das cosas mediocres, termina por no ir. Pasa con todas las artes: si pones una exposición de pintura interesante, se llena. Veo que está muy bien el panorama de la música clásica. El haber abierto las puertas a los músicos extranjeros ha venido muy bien desde el punto de vista artístico, aunque desde el punto de vista económico para los músicos de ahora –yo no me cuento, ya soy mayor– no tanto, ya que ha supuesto un abaratamiento de los precios, puesto que cobran menos que lo que cobraban los españoles, pongamos un ejemplo, por una grabación. Sin embargo hay alguna queja insinuando que este hecho perjudica la calidad de la formación de los españoles. ¿Qué hay de ello? Su disgusto aparece: Hombre, hay cosas… en Valencia se ha creado una orquesta con Zubin Mehta y Lorin Maazel, que debe tener de 90 a 100 músicos, en la que hay tan sólo 15 españoles... también pasa en la de Asturias… Domingo insiste: Nuestro nivel de enseñanza alcanza los niveles de otros lugares, como Alemania, Francia, Italia…? Hoy día va habiendo grandes profesores en España, pero aun no estamos a la altura que deberíamos. Para la enseñanza el profesor debe estar muy bien formado; y en España siempre ha habido grandes profesionales, pero que han tenido que acudir a recibir clases a otros países, porque allí lo sabían todo. En cambio la programación está mucho mejor, lo que hay en la educación elemental, media y superior está muy bien. Un pequeño resumen del paso por la orquesta. ¿El mejor director? El mejor director con el que he tocado ha sido el rumano Sergio Celebidache, y el mejor director de la Nacional, a años luz de los demás, ha sido Frühbeck de Burgos.
 
 

Pues a escuchar buena música, majos.

 

Tribulete y Domingo Bartolomé