Por: Julio Arjona Pernia

Con Martín ocurre todo lo contrario que con Gundisalvo, nuestro prelado anterior. De Gundisalvo había que estirar los pocos datos que encontrábamos sobre él. De Martín casi hay que reducir todo lo que de él nos ha llegado hasta nuestros días. Quizá por su densa vida, quizá por su santidad, hay multitud de datos, anécdotas, detalles que casi es imposible el poder resumirlos de este prelado que fue de Sigüenza desde 1186 a 1192.

 
Este segundo obispo autóctono es hijo de Miguel Muñoz de Finojosa y de Sancha Gómez. Su padre tomó el apellido Finojosa por Hinojosa, lugar entre Gomara y Agreda. Su madre es descendiente de la nobleza de Almazán. Nació en 1140 con toda probabilidad en Almazán.
 
En sus primeros años de infancia recibió la educación en la fe. Una fe que le hizo superar la pronta muerte de su padre, que fue enterrado en el monasterio de Santo Domingo de Silos, y allí, y casi el mismo día del entierro de su padre, tomó la decisión de entrar en el monasterio de Cántabos, perteneciente a la orden cisterciense. Todo esto sucedía cuando solamente contaba con 18 años (1158).
 
Desde Cántabos, y fiel al voto de obediencia propio de los religiosos, fue trasladado al monasterio de Santa María de Huerta. Su carácter afable y sencillo, humilde y obediente a la voluntad divina, hizo que el traslado no le supusiese ningún “trauma”. En tan sólo dos años de estar en Huerta fue elegido, por votación unánime, abad de esta abadía cisterciense. Sólo contaba con 26 años de edad.
 
Y por fin llegó la fecha en la que se convertiría en el obispo de nuestra diócesis, 1186. Esta consagración la aceptó fiel a la voluntad de Dios, pero en sus planes no entraba el guiar con el báculo la porción seguntina del Pueblo de Dios.
 
Una de sus primeras medidas como Pastor de Sigüenza fue el visitar toda la diócesis. Para ello siguió al pie de la letra esa frase evangélica en la que el Señor recomienda a sus apóstoles cómo han de anunciar el Evangelio. Martín, solamente con su hábito y a pie, visitó a todos los clérigos esparcidos por los diversos rincones de nuestra diócesis seguntina.
 
Martín fue un obispo objetivo. Tuvo varios problemas de propiedades, por una parte clérigos que se atribuían posesiones que no eran suyas, y en caso contrario, laicos que se atribuían posesiones eclesiásticas. Ante unos y otros mostró siempre un grado de objetividad y sabiduría salomónica. Esto le hizo ganar el favor no solo de sus diocesanos, ya clérigos, ya laicos, sino que también reyes y nobles le pedían consejo en términos de aplicación de justicia.
 
A finales de 1187 hizo una donación, aprobada por el cabildo, de gran parte de lo que ya se denominaba la Alcarria. A éste terreno le concedió franquicias e hizo que la titularidad del mismo no fuese personada en el prelado sino en la entidad jurídica de la diócesis y del cabildo.
 
Dadas las obras catedralicias y su coste, el cabildo, por estos finales del siglo XII, andaba un tanto escaso de recursos. Ante esta necesidad Don Martín de Finojosa donó al cabildo la mitad de los beneficios del castillo de la Riba de Santiuste a cambio de que una vez muerto, le dijesen una misa en el aniversario de su muerte. Pero su interés por el cabildo no solo quedó en lo económico sino también en su mejor educación y formación. Para ello, Don Martín envió a varios canónigos seguntinos a estudiar a la naciente universidad de París. Entre estos estudiantes estaba el chantre Don Willelmo y el arcediano Juan.
 
Sin desatender las necesidades de su diócesis primeramente, San Martín seguía interesándose por las necesidades de su querido monasterio de Huerta. A este en 1191 dotó con varias donaciones contando con la aprobación del cabildo seguntino.
 
Como religioso que fue favoreció la implantación del Císter en nuestra diócesis. Se había fundado un monasterio en Muriel, San Martín vio mejor viabilidad para la orden que este monasterio se trasladase a Óvila y así hizo que se ejecutase su orden. Esto creó una serie de asperezas entre el cabildo y el monasterio de Óvila. Una vez más, tirando de su sentido práctico de la justicia, el obispo Martín suavizó la situación equitativamente. En este caso le tocaba pagar a los frailes de Óvila unos diezmos al cabildo en la fiesta de cada epifanía.
 
Su faceta religiosa no quedó en sólo la fundación de monasterios sino que, como invitado notorio y voz reconocida, fue invitado al capítulo general del Císter de Francia, 1188, y en el capítulo nacional celebrado en el monasterio de las Huelgas de Burgos en 1189. En sendos capítulos habló con una voz iluminada no sólo por la razón sino por el Espíritu que habitaba en él. Estos capítulos fueron capitales en el giro de vida del santo Martín.
 
Al haber reflexionado sobre el carisma de la pobreza de su orden religiosa, se dio cuenta de que el episcopado no era lo suyo. A esto se sumó la muerte de su querida madre Sancha. Con todo también la gente quería verle porque decían que con sólo verle pasar a su lado veían la imagen de un santo. Todo este cúmulo de causas hizo que en 1192 presentase la renuncia a ejercer como obispo. Nunca dejaría de serlo, puesto que la ordenación no se puede eliminar, pero sí que pedía al Papa Celestino III que por favor, para bien de su salud, le dejase retirarse a Huerta. Al final el Papa aceptó la renuncia y se retiró felizmente a la vida monacal del Císter.
 
Allí, en Huerta entró casi para morir, pero su pronta recuperación hizo que aún viviese algo más. En 1213 decidió, gravemente enfermo, viajar al monasterio de Óvila para poder instruir a los hermanos de allí en una mejor vida monástica. A la vuelta de Óvila, a la altura de Sotoca de Tajo, se le agravó la enfermedad impidiendo que siguiese su camino. Allí, en Sotoca, acompañado de frailes de Óvila y de Huerta, y con todo el pueblo a las puertas del refugio, entregaba su alma al Padre el 16 de septiembre de 1213.
 
Pronto, multitud de peregrinos de toda Europa acudieron a Huerta en la búsqueda de su intercesión, y allí, desde su sepulcro, el generoso prelado de Sigüenza intercedía, e intercede hoy, desde la Casa del Padre por todos aquellos, que por diversas causas, imploran su protección.
 
Así fue, y así es la vida del obispo Santo de nuestra diócesis. Martín de Finojosa, un hombre recto y recio en su vida. Un hombre justo y equitativo. Un hombre que supo hacer de su vida un canto de alabanza a lo Bueno, Bello y Verdadero y así alcanzó la Bienaventuranza Eterna. ¡Qué bella esta tierra que ha dado personas heroicas a los ecos de la historia! ¡Qué grandes ejemplos! ¡Qué pequeños sus recuerdos