Por: Jose María Cañadas

Rueda dentada de unos dos metros de diámetro de la fábrica de papel del obispo Juan Díaz Guerra

Aprovechando el impetuoso caudal lleno de saltos de agua del río Cifuentes a lo largo de los siglos se han instalado en su cauce un gran número de molinos, batanes y fábricas de papel. Los restos de algunas de estas industrias se encuentran en Gárgoles de Abajo. Este pueblo, actualmente una pedanía de Cifuentes, en invierno tiene apenas 100 habitantes pero tiene un importante pasado industrial. Carlos Batanero, vecino de Gárgoles, nos introduce en este mundo pretérito hoy desconocido para muchos. Nos acompaña en una visita a los viejos edificios hoy arruinados donde pasó parte de su infancia ayudando en la fábrica de papel que regentó su familia.
No fue la primera iniciativa industrial en Gárgoles. Antes de esta fábrica, existió otra que puso en marcha el obispo de Sigüenza, Juan Díaz Guerra en 1785 en la misma época en que se construyó el barrio de San Roque en Sigüenza. Posteriormente la fábrica se donó al Hospital de San Mateo de Sigüenza. Antonio Ponz, un viajero ilustrado, en su monumental “Viage de España”, se refiere así a este hecho: “el obispo ha mandado hacer un molino de papel en el lugar de Gárgoles, que en opinión de los inteligentes, es de los mejores del reino, por su amplitud, solidez, máquinas, oficinas, etc. y por la buena calidad del papel”.

Piedras talladas de la primitiva fábrica junto al río Cifuentes.

De esta primitiva fábrica, dividida en dos partes –una arriba y otra abajo del río Cifuentes a su paso por Gárgoles–, se pueden contemplar todavía algunos restos, unas piedras labradas y una enorme rueda de dientes de unos dos metros de diámetro. Estos restos fueron sacados a la luz en una reciente limpieza del río Cifuentes. Carlos nos explica brevemente su funcionamiento: una serie de aspas en el río movía un eje, ese eje movía esa gran rueda y esa gran rueda mediante engranajes movía todo el resto de la maquinaria.

Según nos cuenta Carlos, en esta zona en un principio había un molino harinero que perteneció al Monasterio de Óvila. Posteriormente se construyó un molino de aceite. Cercano a este molino la familia de Carlos construyó la fábrica de papel que hoy podemos contemplar arruinada. “Mi bisabuelo, Julián Sastre empezó a hacer esta fábrica cerca del molino. Un hermano suyo, Juan Sastre, montó por la misma época otra fábrica de papel en el término de Mandayona". La hija de Julián, Pilar, se casó con José Batanero Martín, que fue el siguiente director de la fábrica; luego la empresa pasó a manos de su hijo José, el último de la familia que dirigió la fábrica y el padre de Carlos. Carlos, de 49 años, recuerda como de pequeño ayudaba a su padre a cargar camiones. "Mi padre no estudió el oficio, se lo enseñó su padre y los demás obreros”. Durante un tiempo llegaron a trabajar de 20 a 30 personas, al final quedaron siete u ocho. La fábrica de papel se cerró en 1977. "Se cerró porque al final eran todos obreros de mucha edad y la fábrica no era ya competitiva".

Maquinaria de la última fábrica fundada por Julián Sastre

Como materia prima se utilizaba cartón y papel viejo que se compraba en Madrid y en Guadalajara a los almacenes. "Antes, lo que ahora se recoge en contenedores, se pagaba, por ejemplo había en Sigüenza quien recogía papel, a veces iba el camión a recogerlo allí, también iba a Brihuega", comenta Carlos. Esta materia prima se descargaba en camiones y mediante una especie de hélice con dientes se molía con agua y se hacía la pasta. La noria subía la pasta de papel y por la fuerza iba cayendo a donde se encontraba la maquinaria. Una maquinaria llena de poleas y engranajes que podemos ver casi intacta. Varias prensas  iban secando el papel y quitando el agua. Luego se rebobinaba el papel en grandes bobinas y se cortaba al tamaño que se precisaba. Había cortadoras, unas cuchillas que iban cortando a lo largo. También había una satinadora. En un camión se cargaba el material a mano. “Eso lo vi yo funcionando cuando tenía 8 a 10 años”, nos dice Carlos contemplando con nostalgia la vieja máquina.

Pieza de la máquina en la que se puede apreciar su procedencia de Alcoy.

El producto que se fabricaba era papel de estraza, un papel que se utilizaba para envolver el género en pescaderías y en carnicerías y que hoy en día aún se usa. También se hacía en la fábrica papel con un gramaje alto para hacer cartón.

Una tía de Carlos Batanero, Brígida, de 87 años, llevó durante mucho tiempo la contabilidad de la fábrica. Ahora vive junto a su hermana María, de 91 años, en la residencia San Mateo de Sigüenza. Quisimos que nos hablara sobre aquella época. "Cuando mi papá ya no pudo trabajar, me metí yo a llevar las cuentas y estuve 18 o 20 años". A Brígida no le gusta mucho hablar de aquello ya que le da pena el estado en que se encuentra ahora la fábrica pero recuerda que se vivía bien en el pueblo cuando el negocio funcionaba, cuando había jornales para muchos obreros. Recuerda que a raíz de la Guerra Civil se cortaron los paños secadores de la maquinaria y la fábrica tardó en reanudar su labor. También recuerda cambios a lo largo del tiempo en el funcionamiento, como que antes de la guerra funcionaba la caldera con leña y después con fuel oil. Brígida y su hermana vivían por aquel entonces en un caserón que en tiempos fue una venta. “La mandó hacer mi abuelo”. Una placa en la fachada recuerda el paso de Camilo José Cela por allí en su Viaje a la Alcarria.

Placa conmemorativa. Cela almorzó en una antigua venta de Gárgoles de Abajo durante su Viaje a la Alcarria.

Hablamos con Carlos de que en lugares como Cataluña hay muchas antiguas fábricas recuperadas, no se las deja arruinar y se mantienen para otros usos, turísticos o pedagógicos. "En algunos sitios llevan a los niños a ver como se hacía el papel".  Cuando comentamos el lastimoso estado en que se encuentra la instalación, nos señala que “el problema es que esto es de muchos dueños, una parte era de mi abuela, la madre de mis tías, que están en Sigüenza, y de mi padre, y la otra parte era de otros parientes. No se ha hundido más porque mi padre, que murió hace cuatro años, venía por aquí a cuidarlo, era su obsesión porque trabajó aquí toda su vida.

Nosotros cerramos la puerta y tapiamos las ventanas”. Pero inevitablemente ante la falta de cuidado y vigilancia, la fábrica se va hundiendo, "el año pasado se hundió una parte", señala Carlos con pesar. Recuerda que, él de pequeño, jugaba en las ruinas del antiguo molino, y que ahora los chavales del pueblo lo hacen en las ruinas de la fábrica.

Fábricas de papel como la de Gárgoles de Arriba y la de Mandayona, de ladrillo como la de Alcuneza, complejos salineros como los de Imón y La Olmeda, muestras de la primitiva arquitectura industrial, forman parte de nuestro patrimonio y merecerían que se les prestara más atención. En otros lugares se ha conseguido recuperar estos edificios para nuevos usos. ¿Por qué no se puede hacer aquí lo mismo? ¿Están condenados a desaparecer? La sociedad civil y las instituciones públicas tienen la palabra.

Carlos Batanero explica el funcionamiento de la máquinaria.