
Paseo del cerdo. Atienza.
San Antonio es una figura que ha despertado la fantasía más extrema de los pintores a lo largo de los siglos. Recordemos a El Bosco, con las pesadillas festivas de su tríptico “Tentaciones de San Antonio”, o a Dalí que consiguió expresar un desequilibrio peligroso del mundo encarnándolo en unos elefantes gigantéscos con las patas de mosquito que avanzan desde el horizonte hacia un ermitaño medio desnudo.
A esas fantasías les alimenta la descripción de las visiones de San Antonio en el desierto (las conocemos por la biografía del santo redactada por su discípulo y amigo Atanasio, obispo de Alejandría). “Los demonios –se cuenta– casi demolieron las cuatro paredes del refugio y parecían atravesarlas, para aparecer en forma de bestias y de seres reptantes. El lugar se llenó de repente con formas de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, víboras, escorpiones, y cada una de ellas se movía de forma acorde con su naturaleza…”

Rifa del cerdo de San Antón. Molina de Aragón.
Los partidarios de Freud verán aquí un subconsciente rebelde, los eruditos eclesiásticos, un montón de símbolos. Un ecologista de hoy –bueno, un ecologista demasiado imaginativo– puede ver incluso un choque entre la Naturaleza y el hombre.
Pero no por vivir en este peculiar zoológico el “padre” de los ermitaños (abad desciende de una palabra aramea que significaba “padre”), se proclama protector de animales.
Según una leyenda, curó unos jabatos, y la hembra del jabalí le acompañaba desde entonces por todas partes. En la iconografía al lado del santo suelen colocar un cerdo.

Bendición de mascotas. Sigüenza.
Pero su papel de curador se fijó en el siglo XI, cuando se constituyó la orden monástica de San Antón. La “especialidad” de los Hospitalarios de San Antón era la curación de gente que padecía enfermedades contagiosas como peste, sarna, etc. y en primer lugar, de ergotismo. El ergotismo era una terrible enfermedad de la Edad Media que se provocaba por comer centeno contaminado con un hongo parásito. Sus síntomas eran una sensación de quemazón interior, gangrena en las extremidades (que se ponían negras como si estuvieran carbonizadas) y alucinaciones, ya que el hongo tiene sustancias psicoactivas. La enfermedad empezó a llamarse “el fuego de San Antón”, y hay quien dice que en referencia de las “alucinaciones” del santo en el desierto. De manera que empezaron a recurrir al santo para defender los campos y los animales de las enfermedades. Por cierto, los monjes que mantenían los hospitales solían dejar a los cerdos pasear sueltos y que comieran lo que quisieran. ¿No queda eco de esa costumbre en la tradición de pasear un cerdo en la fiesta de San Antón?

Cofradía de San Antón. Jadraque.
Tres elementos, relacionados con la imagen de San Antón, están presentes en las fiestas a su honor alrededor del 17 de enero. Las hogueras –las luminarias de San Antón– recuerdan el fuego purificador o, por otra parte, también el “fuego de San Antón”. Las rifas del cerdo y su paseo por las calles recuerdan el “cerdo fiel” (aunque ese cerdo al lado del santo en su iconografía tiene otra interpretación: una impureza vencida). Y al final –y lo más simpático– la bendición de animales que se da en este día.