Por: Jose María Cañadas

 

Mª Jesús martínez Fernández y José Hernández García en su establecimiento.

Desde hace tres años en la calle Cardenal Mendoza, la más comercial de Sigüenza, existe una pequeña joyería al frente de la cual se encuentran José Hernández García y su mujer María Jesús Martínez Fernández. Lo que pocos saben es que detrás del modesto mostrador de la tienda se esconde un maestro de un oficio que tuvo su auge en el segundo tercio del siglo pasado aunque hoy está en decadencia. Se trata del diseño y elaboración de brazaletes para relojes de oro.

José Hernández, el dueño de la joyería “La Paz”, ha dedicado su vida a este oficio. El Afilador quiso saber algo de su vida como artesano del oro. Habla con orgullo de su antigua actividad ¿En qué consistía el oficio?, le preguntamos. “Era un oficio artesano, se hacían las  cosas con las manos. Yo me inventaba los modelos, los iba pensando por la calle... Yo lo que hacía eran espirales. Eran de dos clases, las llamábamos malla y polonesa...” Con el tiempo llegó la joyería industrial, se empezó a utilizar maquinaria y a trabajar en cadena y el trabajo artesano dejó de ser competitivo. “Vino el llamado estampado, que consistía en hacer un troquel y lo mío, la malla a mano, ya no valía, porque se tardaba menos con la nueva técnica y aparentaba más aunque luego estuviera todo hueco”. Destaca la diferencia entre la joyería de antes y la de ahora. “Antes el oro era barato y una sortija pesaba siete u ocho gramos. Ahora puede tener dos o tres gramos para que aparente un poquito pero es una sortija muy delicada. No tiene la misma consistencia que una hecha a mano, de un golpe se puede romper. Las pulseras de oro macizo pesaban de 70 a 80 gramos y ahora no llegan a los 7 gramos pero son huecas”. También es diferente la forma de trabajo. “Ahora en los talleres ponen a uno lijando, a otro que taladre, a otros haciendo cierres. Antes un oficial tenía que saber de todo”. La competencia viene sobre todo de Italia donde se trabajaba bien, tienen buena maquinaria y lo hacen barato.

 

Un reloj con el brazalete creado por José Hernández

José Hernández empezó a edad temprana en el campo de la artesanía. De los 15 a los 18 años siguió la senda de su padre que era escayolista, trabajó haciendo candelabros en la misma fábrica que se dedicaba a hacer objetos religiosos de culto. A continuación pasó dos años haciendo joyería fina y a los 20 años saltó al oficio al que ha dedicado su vida. “Por influencia de un hermano mayor me puse a hacer correas de oro para relojes. A nosotros nos llamaban los armiseros, éramos los que hacíamos los brazaletes (armis en el oficio) luego estaban los cajeros que hacían la caja de los relojes”. Trabajó durante unos años para los mejores talleres de Madrid entre ellos en el prestigioso taller de Valentín López Combo. En 1981 se estableció por su cuenta montando una empresa familiar que estuvo en funcionamiento durante 25 años. “Allí trabajaron conmigo dos de mis hijos, mi nuera, un sobrino, éramos seis o siete”. La mejor época para el reloj de oro fue la década de los 70 al 80, se tiraban miles de relojes. El negocio funcionó bien hasta el año 2001, “en esa época hacíamos unos 400 brazaletes todos los meses”. A partir de entonces empezó a caer en picado. En el 2002, piensa que debería haber cerrado pero aguantó hasta el 2006. “Estuve más tiempo del que debía haber estado para ver si se arreglaba el mercado, para que mis hijos pudieran continuar. Yo quería que el taller fuera para mis hijos pero al final,  al ver que era muy difícil, tuvimos que cerrarlo”.

¿Las causas de la crisis del sector? José Hernández las tiene claras. “Se pasó de moda, antes tener un reloj de oro el que podía tenerlo, casi era obligatorio”. La subida del oro, que ha multiplicado su precio, también afectó mucho al negocio, “los relojes exigen mucho material, no es como una sortija, un reloj de caballero exige unos 70 gramos de oro”. Otro de los motivos de la decadencia es que en Madrid empezaron a romperse lunas de establecimientos y los ladrones iban a por los relojes de oro. “Antes la gente se compraba un reloj de oro para que lo viera el amigo, el vecino. Ahora te lo pones y corres peligro. La gente te lo dice, ¿para que voy a comprar un reloj? ¿para tenerlo guardado? Si vas por Madrid con un reloj un poco ostentoso corres peligro”. Todos estos factores han hecho que hayan desaparecido  más de la mitad de los talleres de Madrid y los que quedan tienen ya muy pocos operarios.

Cuando cerró en 2006 su taller, la familia pensó en poner una tienda: “tiene más salidas, puedes vender otro tipo de objetos, relojes de plata que ahora se llevan más, etc.” Sus hijos lo hicieron en la calle Ponferrada en Madrid y aunque en principio José y su mujer también pensaron en esta ubicación “al final decidimos hacerlo en Sigüenza, un lugar que conocíamos de venir los fines de semana desde hace 40 años”. Les decidió el hecho de que en la ciudad no hubiera ninguna joyería y que estaba mejor la seguridad ciudadana. “Pensé que poner la tienda aquí era conveniente tanto para los ciudadanos de aquí como para mí mismo”.

La tienda se abrió en diciembre de 2007 y ha funcionado bien hasta septiembre o octubre de 2008, hasta que llegó la famosa crisis, “a partir de esa fecha no estamos haciendo ni la mitad de lo que hacíamos antes”. Ahora piensa que si hubiera puesto el negocio hace unos años podría haber cogido una época buena.  

¿Qué es lo que se vende ahora?, le preguntamos. “Yo hablo por mi tienda, al principio vendía de todo. Ahora con el género que pasa de 200 o 200 euros el público se echa para atrás. Durante un tiempo lo que más vendía eran sortijas y pendientes, ahora hay una temporada en que se venden pocas sortijas, ahora tira mucho la cadenita de colgante. El problema es que con la crisis el oro no para de subir y está a un precio disparatado. Ahora está a 20,35 euros el gramo”. Sobre este asunto cuenta una anécdota: “Cuando yo tenía 19 ó 20 años y el gramo de oro estaba a 50 pesetas, de repente subió de golpe a 100 pesetas y entonces pensábamos que teníamos que dedicarnos a otra cosa, que se había acabado el oficio. Ahora está al cambio, a 3.300 pesetas”. Comenta que, debido a la constante subida, “tengo cosas que valen mucho más que como yo las vendo porque yo no he remarcado el precio. No lo hago porque está la cosa un poco floja, el que adquiera una cosa antigua mejor para él”.

Considera normal que la crisis afecte a su sector: “Este es un gremio que cuando la economía va mal es de los primeros que se estropea y el último que se arregla”. Las joyerías de lujo a lo mejor no lo notan tanto pero las pequeñas joyerías cuya clientela es la clase media sí lo están notando. Al final termina con buen humor: “Pero bueno, como somos jóvenes, ya irá pasando eso. Yo lo que quiero es que se solucione esta crisis y que podamos vivir todos un poco mejor”.

No ha olvidado su oficio aunque es consciente que en general ya no resulta rentable. “Yo si alguien me pide que le haga un pendiente, porque se le ha perdido, se lo puedo hacer pero, como lo hago a mano con las horas que pongo, le puede compensar más comprarse otro”.

Antes de despedirnos nos enseña satisfecho diversos catálogos comerciales de prestigiosas casas en los que todavía se pueden apreciar sus exquisitos diseños. “El oficio me ha gustado mucho, de tendero soy aprendiz, me porto bien con la clientela y no se me da mal pero de lo otro, de los relojes de oro, soy catedrático”.