Por: Fernando Blanco

Catherine Godon era en mayo de 1968 una estudiante de la universidad francesa de La Sorbona. Unos meses antes había asistido en España a uno de los conciertos clandestinos de Paco Ibáñez, jovencísimo músico que cantaba a los poetas prohibidos o mal vistos por el régimen franquista: Miguel Hernández, Luis Cernuda, Rafael Alberti, León Felipe, Antonio Machado, José Agustín Goytisolo, Federico García Lorca, Gabriel Celaya, Quevedo, Góngora, etc. Luego, por casualidad, se lo encontró en las calles de París, ciudad en la cual Paco Ibáñez desarrollaba una intensa actividad artística, social y política. Tomaron un café y le invitó a tocar en la universidad. Aceptó y Catherine, junto a una compañera suya, comenzaron los preparativos del concierto en la sala Richelieu de La Sorbona, coincidiendo con el primer aniversario del Mayo del 68. El anuncio del concierto del 12 de Mayo de La Sorbona es propagado en un pequeño cartel amarillo que pegan en los árboles y en los cafés. En él reza: “Paco Ibáñez, la voz libre de España”. La expectación despertada fue tal que la sala se les quedó pequeña y el concierto hubo de realizarse en la calle.

Este preámbulo es ineludible, porque se trata de la raíz misma de cuyo brote germinó uno de los conciertos históricos de la música española, como es ‘Paco Ibáñez en el Olympia (París)’, el 2 de diciembre de 1969. Este artículo quiere recordarlo en su 40 aniversario porque se trata de una de las cumbres del maridaje entre música y poesía, de la comunión entre el verso libre, la actitud comprometida con las libertades y la entrega sincera de un público ansioso de expansión. El doble disco editado de aquella velada contiene 24 canciones de los poetas arriba apuntados, más otros: Juan Ruiz, Nicolás Guillén, Jorge Manrique, Blas de Otero, Gloria Fuertes y la adaptación al castellano de ‘La mala reputación’, original de George Brassens.  

Este doble disco en directo permanece en la memoria de varias generaciones; ocupa un rincón insustituible en nuestro corazón. Todavía nos emocionamos al escuchar esos versos en la voz de un joven que se subió al escenario del teatro Olympia acompañado de una guitarra, un micrófono y una silla. El público colmó todo el espacio disponible, e incluso más, rodeándole en el propio escenario. Por casualidad o no, Paco Ibáñez volvió a tocar el 2 de diciembre del pasado año en París, en el teatro Chatelet. El músico, nacido en Valencia en 1934, hijo de un ebanista valenciano –sindicalista anarquista- y una guipuzcuana, describe lo vivido esa noche como “un pretexto para que las personas manifestaran sus creencias, su sensibilidad, su posición política o su rabia. Serví de instrumento para que la gente, que casi cantó más que yo, dijera lo que necesitaba expresar”.

Este año, por otro lado, viviremos con plenitud el centenario del nacimiento de Miguel Hernández y le dedicaremos un artículo más que merecido desde la perspectiva de la traslación de su poesía a la música. En el doble del Olympia figura el inolvidable ‘Andaluces de Jaén’. Así fue como muchos estudiantes entramos tímidamente en el mundo de la poesía: gracias a las canciones de Paco Ibáñez. Los profesores de lengua y literatura más audaces tenían su cancionero como material pedagógico. Hoy, ¡qué lástima!, la poesía no entra en las aulas ni con videoclips en los 40 Latinos, un canal en el que músicos de pacotilla entonan de mala manera unas letras amaneradas, sobadas hasta el hartazgo, estribillos insulsos, sin vida.

Sabemos de la firme postura de Paco Ibáñez a rechazar cualquier premio por su contribución a la música, a la poesía, a las libertades, a los derechos humanos en general. Pero, por favor, acepta este modesto artículo como agradecimiento infinito del que lo firma por lo mucho que has aportado a mi vida. Gracias.