
Hace unos días, el presidente de la República francesa, Nicolas Sarkozy, prohibía en Versalles el uso del nigab (traje que sólo permite llevar los ojos al descubierto) y del burka en todas las mujeres musulmanas que salen a las calles francesas. Alega que esta forma de vestir “no es un signo religioso, es un signo de sometimiento a las mujeres” y que es contrario además a la “idea de la República francesa sobre la dignidad de la mujer”.
La polémica viene porque esta prenda de origen afgano es utilizada por miles de mujeres en Francia, lo que supone un considerable porcentaje de la población. Su prohibición, en principio, se debe a que limita las libertades individuales de las mujeres musulmanas, pero lo cierto es que nadie las ha preguntado sobre qué piensan al respecto de esta nueva ley. Esto es un gran tema de debate, pues muchas aceptan su prohibición sin remilgos, pero otras tantas lo consideran como algo ofensivo hacia su cultura.
Así, se crean dos posturas: la de los laicistas, que proclaman neutralidad y respeto ante todo, y la de los defensores de las libertades individuales, que declaran que cada uno es libre de opinar y tener sus propias creencias.
En mi opinión, cada individuo está en su derecho de pertenecer a la religión que quiera y adoptar sus propias costumbres, siempre y cuando esto no atente a la libertad de la propia persona. Creo que el burka –y qué decir del nagib- restringe la libertad de la mujer al tapar su imagen. Así bien, entiendo que forma parte de su cultura y que hay mujeres que no comparten mi opinión. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que cuando viajamos para vivir, ya no sólo a un país musulmán sino a otro cualquiera, nos adaptamos a su modo de vida, y esto incluye lo culinario, el idioma…y también la vestimenta. Cada uno es libre de elegir lo que quiera, pero pienso que por respeto, puesto que eres tú el que llega a su cultura, eres tú el que tiene que adaptarse a ella, no ella a ti. Todo es cuestión de adaptación y de favorecer, de este modo, la integración de cada individuo en la sociedad. Pero esto tiene que ser algo recíproco… Por otro lado, tan malo es la prohibición de llevarlo, como la obligación de tenerlo que llevar.
Deberíamos basar las leyes en los derechos, no en la prohibición de los mismos, y así alcanzar ese punto medio, al que frecuentemente nos cuesta tanto llegar, para establecer el equilibrio, y no una sociedad que se bandea en las olas del déficit y el exceso.Con ello, me gustaría finalizar estas líneas reivindicando (aunque vaya por delante mi opinión crítica hacia el uso del burka, pues para una mujer occidental es muy fácil opinar hacia el lado de la libertad) el derecho de cada mujer, sea de la índole que sea, de elegir libremente sus propias costumbres, porque siempre serán el reflejo de su cultura. Y es que, a fin de cuentas, siempre va a ser uno el que viva su vida por sí mismo, pues los demás no la van a vivir por ti.