
Arco romano de Medinaceli, único en España con tres vanos.
Cuentan que hacer una obra en Medinaceli siempre ha sido, en mayor o menor medida, un auténtico drama. Sea al levantarse una calle, o al hacerse una reforma en una de sus maravillosas casas serranas, siempre ha existido algún inconveniente, algún motivo, por el que la obra haya tenido que pararse en pro de salvar algún resto histórico recién descubierto. A falta de plata, azabache o cobre, Medinaceli es una mina de historia, arqueología, cultura y belleza. Pasear por sus estrechas calles es siempre un placer, sea visitando la galería de arte - Medinaceli fue la localidad más pequeña de cuantas contaban con una -, o recreándose en alguna de sus caprichosas tabernas; la antigua ciudad islámica acontece siempre un descubrimiento, aún para los que la conocen desde hace años. Su densidad de monumentos, ruinas o hallazgos por metro cuadrado le aproximan a Roma o Constantinopla; por ella pasaron todas las culturas que han poblado las Españas, destacando la notabilísima herencia dejada por romanos y andalusíes.
Tradicionalmente se ha identificado a Medinaceli con la beligerante ciudad celtíbera de Ocilis, en particular, con el yacimiento prerromano de 8 Ha. de la "Villa Vieja". Ello se debe, en no poca medida, a la similitud, sólo aparente, de ambos nombres (realmente, su nombre procede del árabe: madīnat Sālim: "la ciudad de Salim"). Una autoridad en la materia, como es Burillo Mozota, ha propuesto que estos restos, en verdad, fueron del sitio de Cortona, mientras que otros, incluso, llegan a identificar la Medinaceli celtíbera con la urbe de Segontia, comúnmente asimilada a Sigüenza. De lo que no hay duda es de que Medinaceli fue un lugar estratégico de primer orden. Su posición, sobre un prominente cerro que domina toda la vega del Jalón y valle del Arbujuelo, la hicieron ser un enclave cuasi perfecto para el establecimiento de un inexpugnable fortín. Los romanos lo comprendieron, y fue allí donde, con independencia del nombre, fundaron un asentamiento del que nos han llegado restos significativos y espléndidos.

Nada más subir la severa cuesta que la comunica con su moderno barrio de “La estación”, nos encontramos con el santo y seña del lugar: el arco romano. El caprichoso observador podrá darse cuenta de que su imagen, pese a ser el único de tres vanos en España, le es familiar. Y es que el arco de Medinaceli, efectivamente, es símbolo de todo monumento español, pues se le escogió como icono para la señalización de los monumentos en las carreteras de nuestro país. Declarado Monumento Histórico Artístico Nacional el 9 de agosto de 1930, su colosal tamaño ya nos da pistas sobre su función. Lejos de servir únicamente como puerta a la ciudad, o para separar “conventus” (el conventus Cluniensis del conventus Caesaraugustanus), su función, al igual que los arcos de triunfo de la época moderna como los de Barcelona o París, debió de ser conmemorativa. Se cree que tal vez se erigiera no más tarde del siglo I d.C. para celebrar la concesión a la urbe del ius Latii, un privilegio concedido, muy probablemente, en tiempos de Vespasiano o Tito.
De época romana cabe destacar también los copiosos restos de muralla que se encuentran, ya cerca del propio arco, la “fuente de la Canal”, que es visible en la propia subida al pueblo y sigue aún en funcionamiento, así como los distintos mosaicos romanos encontrados en el área de la Plaza Mayor. Particularmente hermoso es el aparecido en la calle de San Gil, un “opus tesellatum” datable en torno al siglo IV d.C. que representa animales mitológicos como una esfinge alada, un monstruo acuático con cabeza de cabra junto a animales de la fauna local como la perdiz roja ibérica.
Medinaceli alcanzaría uno de sus períodos de máximo esplendor con la llegada del Islam a sus calles. Ibn Hawqal, eminente geógrafo medieval, visitó el lugar a mediados del siglo X, en su itinerario “de Córdoba a Medinaceli”, describiéndolo de la siguiente forma: “Su término y distrito es muy vasto y considerable y la comarca es muy rica en ganado y próspera en toda clase de recursos y bienes. Ella es la ciudad más importante de al-Andalus en organizar expediciones y campañas de guerra”. Bajo el yugo andalusí, la urbe se transformó en un centro de operaciones clave para las tropas musulmanas, estando ligado su nombre a personajes de la talla de Gālib o Almanzor (yerno, y posteriormente enemigo, del primero). Abd al-Rahmān III mandó repoblar, y reconstruir, la urbe, terminando las obras en septiembre de 946. El lugar se convirtió, en palabras de la época: “en un nudo en la garganta de los infieles”.
Más allá de su importancia geoestratégica, Medinaceli fue también un centro cultural islámico de primero orden. En ella nació el insigne astrónomo: Salim Abu Ali Husein Ibn Mas El-Salami, de quien se guarda una importantísima obra sobre el astrolabio universal que se conserva en la Biblioteca del Real Monasterio del Escorial. La ciudad llegó a ser célebre en todo el mundo islámico. No sin cierta jocosidad, el gran poeta cordobés Ibn Hzam se refirió al clima del lugar en su célebre poema “El collar de la paloma”, refiriéndose a algo “más frío que la tierra de Medinaceli”. Monumentos de esta época se conservan varios, si bien, algunos en pésimo estado de conservación. Tal es el caso del castillo o alcazaba, que hoy sirve de cementerio, y en el que, muy seguramente, durmió en alguna ocasión el caudillo Almanzor, que según una antigua leyenda, fue enterrado en este lugar. Otra joya de la época es el nevero islámico situado en las inmediaciones del beaterio de San Román, en la bajada que vierte al valle del Jalón. Su nombre describe su función: la conservación de alimentos en perfecto estado, gracias a las reservas de nieve que se almacenaban en el fondo de la cava, y no es de extrañar que, por este motivo, se encuentre en el punto más frío de la ciudad, en plena umbría.

Con su reconquista por las tropas del Rey aragonés Alfonso “El Batallador”, la ciudad pasó a formar parte de la Cristiandad, por más que su herencia árabe, algo más que notable, la dejara marcada de por vida. La profunda arabización del lugar y su comarca no deja de ser proverbial: Manrique Romero, en su documentado libro “El Alto Jalón” (1999), cita un testamento escrito en árabe hallado en Almonacid de la Sierra y otorgado en Medinaceli en el año 1459. Junto a esta comunidad, Medinaceli contó con una de las juderías más importantes de todo el territorio español, censada en más de 2.500 habitantes, allá por el siglo XV. Precisamente, muy relacionado con esta última comunidad parece haber estado relacionado el enigmático beaterio de San Román, construcción con la que se especula que primero fue templo romano, para después ser sinagoga, y por último, beaterio en el que vivían beatas que seguían la Regla de San Jerónimo. El propio Manrique Romero describió al edificio como un auténtico “puzzle arquitectónico”, que lo hace ser, dentro de lo misterioso, el más enigmático edificio de la urbe.
Tras su paso a la Corona de Castilla, en tiempos de Alfonso VII, la ciudad es repoblada y se restauran sus murallas. Sus tierras ostentarían el privilegio de ser “de realengo” y se le concedió fuero propio. Su población se extiende, y con la pacificación de la región, crecería el peso demográfico de las diferentes aldeas del Común de Villa y Tierra de Medinaceli; destacando de entre ellas Anguita (Guadalajara), lugar donde se reunían las Juntas del Común. De estos años pudiera ser el célebre “arco árabe” de la muralla, que pese a su nombre, parece haber sido de construcción más reciente. Medinaceli llegó a tener doce iglesias románicas, que perdieron su importancia con la construcción de la colegiata de Santa María de la Asunción en el siglo XVI. Este edificio, tan austero como colosal, destaca por una única nave de considerables dimensiones, en la que sobresalen los balcones desde los que escuchaban misa los célebres señores del lugar: los condes y posteriormente duques de Medinaceli.
Íntimamente relacionado con estos primeros tiempos tras la Reconquista, recogió en su momento el ilustre obispo de Sigüenza, Toribio Minguella, un suceso de lo más curioso que vendría a condicionar la posición del lugar hasta nuestros días. A nadie se le escapa que en la región circundante, Medinaceli tiene una gran rival histórica: la ciudad de Sigüenza. Sede episcopal visigoda, Sigüenza estuvo eclipsada en todo momento por Medinaceli durante la época islámica, llegando al medievo cristiano en peor situación que la urbe soriana. Medinaceli estaba más consolidada como ciudad en aquel momento y no aceptó bien que Sigüenza fuera escogida para ser sede de la nueva catedral. El Obispo don Rodrigo (1192-1221) obtuvo Cartas Apostólicas del Papa, recordando a los fieles su deber de pagar los diezmos necesarios para la construcción de la catedral. Muy presumiblemente agraviadas por este hecho, Medinaceli y sus aldeas se sublevaron, sucesos que condujeron a la excomunión de estos lugares. El conflicto se solucionó, no mucho después, con una bula papal de Celestino III.
Con el paso del tiempo, el Común de Villa y Tierra de Medinaceli se consolidó como un territorio próspero, y fue concedido, como condado, a la familia De la Cerda, en realidad legítimos herederos al trono de Castilla, por ser descendientes directos del mayor de los hijos de Alfonso X “El Sabio”. Junto a la Colegiata de Santa María de la Asunción, de estos tiempos destaca la mayor parte de lo que hoy es el núcleo principal del conjunto: la Plaza Mayor, de especial belleza arquitectónica, así como buena parte de las grandes casonas señoriales, entre las que destaca el palacio del Marqués de Casablanca, o “casa de las Águilas”, el convento de Santa Isabel, aún hoy en día habitado por monjas de clausura, y el palacio de los Duques de Medinaceli, un edificio recientemente recuperado para el uso público como museo de arte moderno dentro del cual puede observarse un interesantísimo claustro renacentista. De la propia Plaza Mayor no puede dejarse de citar dos lugares: la Alhóndiga, con sus armónicos arcos de medio punto, en el nivel inferior y carpaneles en el piso nivel superior, y la nueva aula arqueológica que hace las veces de museo, con un especial interés para comprender la historia de la villa.

Se mire por donde se mire, Medinaceli tiene no pocas cosas que le hacen ser un enclave mágico. Ha sido, es, y con total seguridad, lo seguirá siendo, un eminente lugar de descanso, o paso, para intelectuales y artistas. A ello se refirieron, con no poco cariño, autores de la talla de D. Ramón Menéndez Pidal (comentando las varias ocasiones en las que El Cid pasó por el enclave), Ezra Pound (con su célebre pregunta retórica: ¿Aún cantan los gallos al amanecer en Medinaceli?) o también el poeta Gerardo Diego que la orla con su verso: «ciudad del cielo, medina diamantina»
Medinaceli aparece, no sólo ya en El Cantar de Mío Cid, sino también en los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, entre otras obras de reconocido prestigio. Por el lugar pasarían también monarcas, políticos y dirigentes de la talla de Abd al-Rahmān III, Carlos V o “El Empecinado”, quien utilizó el lugar como inexpugnable plaza fuerte durante la Guerra de la Independencia.
Medinaceli es un lugar de lugares, un bosque de abundante material poético, digno enclave para respirar el aire puro de lo sublime, de lo eterno, y también, en ocasiones, de lo perecedero. Cierto es que se le podrá criticar por parecer, en alguna ocasión, “hecha de chocolate” (como dijera un buen amigo) o sobre-restaurada, como en la calamitosa actuación practicada recientemente sobre el propio arco (muy diferente a la que finamente realizara Manzano-Monís), pero la verdad es que Medinaceli es una activo clave de lo genuinamente hispano, como siempre lo ha sido, si bien ahora no tanto en lo político, y sí, desde luego, en lo cultural e histórico.