-Pasa y cierra la puerta, - era Don Fadrique el último de los obispos más representativos de la antigua diócesis Seguntina que faltaba por llegar. Se oía un gran revuelo.
-algo gordo ha tenido que pasar para que la historia nos halla reunido a todos aquí.
- En efecto, Don Bernardo, algo gordo ha sucedido en vuestra diócesis, y no nos hemos enterado hasta ahora.
-Pues usted nos ira contando eso tan alarmante que ha sucedido en nuestra ciudad mitrada.
-Vosotros habéis sido durante siglos el timón, la luz y guía de una ciudad heroica arrebatada a los musulmanes, cada uno de vosotros sabíais muy bien vuestro cometido, donde mirar, por donde ir, por donde encauzar esa sensibilidad esa creatividad esa humildad, habéis enseñado a sus gentes a nacer, vivir y morir con ella, a respetaros, a servir y contribuir con ello a crear una de las Sedes Episcopales más importantes de Castilla. Yo la Historia me siento orgullosa por ello.
-Nosotros somos conscientes de lo que está diciendo, - responde Don Juan Díaz de la Guerra. -Todos contribuimos a ello, respetando nuestros dogmas para que esa ciudad y sus gentes fueran por los siglos y los siglos colmados de los privilegios de albergar en su seno una sede Episcopal tan Seguntina como Eclesiástica. ¿Qué es eso que he oído que tal privilegio ganado por los siglos haya sido arrancado de cuajo a sus gentes por no se que Obispo? ¿De quien se trata? ¿Quién ha sido capaz?
-¡Eso! ¿Quién ha sido capaz? ¿Por qué se ha permitido? ¿Es que no quedan Seguntinos ahí abajo? -Un tanto alterado gritaba el Cardenal Mendoza. Yo que nunca renuncie a ser Obispo de Sigüenza por el respeto que siempre he tenido a esa ciudad y ahora la despojan de privilegios y deshonran su nombre y su realengo episcopal ¿Qué ocurre en Sigüenza? ¿Se han vuelto todos locos? ¿Dónde se han llevado esos privilegios?
-A la ciudad de Guadalajara Sr. Cardenal, ¡no me lo puedo creer!
-Nosotros nos debemos a la Iglesia tenemos voto de obediencia y entre nosotros tenemos que apoyarnos y acatar las decisiones del que manda.
-Tu Mendoza lo sabes bien.- Responde Don Bernardo. -Claro que lo sé, pero el pueblo no tiene voto de obediencia es libre de pensar y luchar por lo que cree que es injusto, como lucharon a tu lado para conquistar esta ciudad ¿Qué hubieras hecho tú sin el pueblo? ¡Nada! ¿Cuándo lo necesitaste estaban ahí a tu lado? ¡SI! ¿Entonces porque no vamos ha estar con el pueblo? No somos nada sin él. Es injusto, que la historia termine así, Es injusto. - Concluye Don Bernardo.
-No la historia no va a terminar así,- replica el cardenal -la historia continua. Hasta el que intenta parchear la historia hace historia, pero la historia pone a cada uno en su sitio, porque la historia siempre se lee, se medita, y se recuerda a los que no lucharon por ella. ¡Hay algo peor que recordar a alguien en la historia por quitar al pueblo lo que es del pueblo!