
Juan Urzaiz recuerda los tiempos de El Escalón.
A principios de los años sesenta del pasado siglo, en la seguntina plaza de Hilario Yabén un grupo de amigos se sienta a comer migas al paso de los toros en el encierro… y no se levanta nadie. No sólo gente de la peña, también estaba Pedrito el del Triunfo, y Carlos Bonfil, un muchacho que era paralítico, se sentó y tiró por ahí las muletas… Tal vez esta sea la anécdota más emblemática de un grupo de jóvenes que en aquellos tiempos resultaron pioneros en el mundo de las peñas seguntinas. En el eterno debate de quién abrió la puerta, El Escalón es unánimemente admitida como el origen del actual sistema festivo. Su exigua existencia no obsta para que su memoria siga presenta en quienes por aquel entonces disfrutaban de las fiestas de agosto en Sigüenza. Reunir a un grupo de aquellos amigos resulta tarea ardua, por la premura en efectuar la entrevista y las dificultades de algunos para acudir a la cita, por compromisos o necesidades personales. Juan Urzaiz, quien nos relata la famosa anécdota, acude en solitario, pero su palabra representa la voz del grupo. De sempiterno buen humor, no puede evitar la risa mientras los recuerdos van aflorando. Pero tras casi cincuenta años desde la aventura, es necesario comenzar con una salvedad. Mi memoria, indudablemente no es la que era, y partiendo de esta premisa entraremos en faena.

El año de partida fue 1963, y el alma mater que consiguió que lo que algunos pensábamos se hiciera realidad fue “Kiki” Cabrera, Era hombre de una capacidad de trabajo y una intensidad en el manejo de sus convicciones verdaderamente admirable; por él empezó y por él acabó, ya que en marzo de 1965 murió en un trágico accidente de automóvil, y a partir de entonces desapareció la peña. En la primavera de 1963 empezamos a hablar una serie de amigos que curiosamente pertenecíamos a los estamentos seguntino y veraneante, y a los que nos unía la caza, de montar una serie de alicientes que separara un poco la fiesta de lo institucional, y que consistía en eso, en juntarnos a nivel individual. El sitio elegido por su pecio y no mala situación (al estar cerca de la estación se molestaba a muy poca gente), y gracias a la bondad de Don José Gallego, fue uno de las cocheras que éste tenía en una gran patio. Allí se montó la peña, que no tenía nombre. La única característica fue que llevábamos unas camisas azulinas que no sé en qué tienda ni en qué saldo encontramos aquí en Sigüenza. El origen queda expuesto. Pasemos a los nombres, con las reservas lógicas de la memoria. De Sigüenza estaban Antonio Carrasco, Félix Robisco, Carlos Criado, Enrique García el “Bemba”, Angel Charpa, Tomás Olmeda, Santos de Mingo, y teníamos como fuerza de limpieza y mantenimiento a una figura con la que se ha sido especialmente olvidadizo e injusto, que fue Jesús el Mosta. Por parte del veraneo estaban Manolo Ajamil, los hermanos Díaz Lladó, Fernando y Carlos, “Chiqui” Serrano, yo… no éramos muchos… Por aquél entonces lo de las modernas charangas no era muy usual en los festejos populares por estos pagos, pero no obstante, “Kiki” tuvo la habilidad de, en un viaje que hizo a la provincia de Logroño, creo, para llevar unos géneros, de contratar a un txistulari y un tamborilero; entre los dos podían tener como ciento setenta años… aquellos hombres aguantaron mal el ritmo de las fiestas: les dábamos posada y comida en el Agustín, junto a la estación, pero con la mala suerte de que siempre había alguno de la peña en guardia, que les iba a buscar para que dieran algún concierto... por supuesto acudían al encierro, al vermouth, a los toros… en resumidas cuentas, no quisieron volver… Vamos a ver cómo era una peña de los años sesenta. La filosofía era muy distinta… una peña era una institución civil independiente, y además sus miembros eran también independientes; si nos apetecía ir juntos al encierro, íbamos, si no, pues no; si queríamos ir a bailar con alguna novia, lo hacíamos… los peñistas tenían libertad para hacer lo que les diera la gana, sin ataduras. La peña era el elemento aglutinador, el punto donde cada uno, por diversas circunstancias, iba a pasar el rato, a descansar… aquella experiencia fue positiva en todos los sentidos, todo el mundo entendió lo que el mundo pretendía. Lo único que pasó es que tal vez pereció de su propio éxito: allí se bailaba, se bebía… y como no había otra (la entrada era totalmente libre, no se echaba a nadie), siempre estaba llena. ¿El bebercio? En el primer año, por entonces no había costumbre de bebidas fuertes o combinados, se tomaba sangría, vino, cerveza, y punto. Los Carranza tenían unas bodegas al lado de la peña, con lo que era fácil suministrar bebida en un minuto… Pero a la vista del éxito, al año siguiente decidimos hacer algo más interesante, y preparamos en un local que tenía alquilado Gregorio Cabrera, en el torreón, una buena peña grande. Había estado todo el invierno lleno de cerdos, por lo que la entrada era absolutamente imposible, había que entrar con máscara… le preguntamos a nuestro” Mosta” si aquello era viable, y lo dejó como la patena. Para darle más adorno, conseguimos unas ramas de chopo en el molino del Charpa con las que adornamos las paredes. Por otra parte, Kiki y yo tuvimos la ocurrencia de llenar la furgoneta de melones, y los pusimos colgados en toda la peña; quedaba muy bonito, daba buen olor, pero siempre había algún hijo de puta que con un palo le daba al melón… había tres niveles de bebida: sin alcohol (agua, gaseosos, los refrescos Iris, que eran de Sigüenza…), las normales (vino, cerveza…), y las especiales (whisky, cuba libre…). Recuerdo que el primer día pusimos cada uno unas cien pesetas, que ya era dinero en la época, y al día siguiente hubo que reponer porque no quedaba nada de nada… teníamos visitantes eméritos que se dieron buenos batacazos al salir de la peña, gracias al escalón que había a la entrada… (de ahí el nombre que la peña acogió en este segundo ciclo). Debo mencionar a Raúl Santos, que se portó excepcionalmente y pintó la puerta, que fue santo y seña para todos nosotros durante años. ¿Conclusiones? Positivas. Tal vez más para la gente que para los peñistas. Nos vimos totalmente desbordados, y como anécdota comentaré que para el último día habíamos encargado un chocolate con churros en la churrería… y tuvimos que comérnoslo en los coches, ya que de tanta gente como había en la peña, no podíamos entrar… La peña ayudaba a la gente a divertirse de forma muy sana; yo tenía siempre en la memoria las eternas broncas de las fiestas con el del pueblo de no sé qué, con el del barrio de no sé cuantos… las peñas han hecho olvidar ese asunto, creando una filosofía de diversión que ayuda a la diversión de los demás… y muy importante fue algo (que ahora la gente ha olvidado): la absurda postura de que tú eres del pueblo y yo veraneante o viceversa. El único acto de todas las fiestas que reseñaba la presencia de veraneantes en el pueblo era un partido de fútbol entre unos y otros, que yo creo que no acababan nunca… y entonces se demostró que ambos podían convivir y divertirse de una forma sana y extraordinaria, sin problemas… lo que caracteriza al hombre es la inteligencia, y ésta sirve para poner de acuerdo a las personas, que para eso hablan… Un apunte que quiero aclarar; ¿las mujeres? Las peñas eran absolutamente machistas; las chicas que iban allí eran más valientes que el Guerra… era territorio del peñista, y ahí podía pasar de todo… aunque nunca pasó nada; alguno venía con la novia, pero chicas solas, no entraban jamás…

Un grupo de amigas de los peñistas en una becerrada en Sigüenza. 1963,