Por: Redacción

El orgullo de Cuenca y una de las figuras claves del mundo artístico español, Antonio Pérez, de 76 años, procede de una familia seguntina y pasó en Sigüenza su infancia y los primeros años de su juventud. Pero en su caso no se puede decir que esta ciudad le dejara una impronta definitiva. Porque inevitablemente la superaron el Madrid bohemio, el Paris de la emigración intelectual española y del mayo de 68, la Cuenca del boom artístico… En Cuenca fijó su residencia al volver, ya después de la muerte de Franco, de Paris.

Antonio Pérez en la fundación que lleva su nombre. Por la ventana se puede ver una imagen de Cuenca.

A Cuenca es donde fuimos a verle.
Allí vive y allí se encuentra la fundación dedicada al arte moderno que lleva su nombre y de la que es presidente de honor. El museo de la fundación es un antiguo convento transformado en espacio para exposición. El germen de esta colección fueron las obras que le habían regalado a Antonio sus amigos pintores. Recorremos algunas de las salas, salitas y recovecos… Nos guía el mismo Antonio y para él, los cuadros son como trozos del alma de sus amigos, y sus amigos, muchos de ellos ya muertos, siguen y seguirán siempre vivos –como lo son los amigos de cada uno de nosotros–.
Pero aunque no estuviera Antonio Pérez, su “firma” está presente en la exposición. Y esa firma son los así llamados “objetos encontrados”, “encontrados” por Antonio Pérez, claro. Ya a la entrada nos recibe un trozo de metal de una forma caprichosa (cuesta adivinar qué era en su vida pre-artística) llamado “Una menina”; en la pared vimos una placa contundente: “¡Recuerde!” (¿una antigua señal de tráfico?), y otras cosas por el estilo. Y luego en las salas y pasillos seguimos topándonos con los “objetos encontrados”. En la sala de Saura vemos una serie de retratos: no son otra cosa que una lata de refresco aplastada de tal manera que le salen dos “ojos”. Se asemeja a un típico cuadro de Saura. La vecindad de estos objetos extraterrestres proporciona una nueva dimensión a las obras artísticas.
A un personaje de Sigüenza, a quien mencionamos en nuestra conversación, Antonio le caracterizó como “un hombre muy natural”. Antonio Pérez, él mismo, también parece ser un hombre muy natural. Toda la vida recoge “objetos encontrados”: latas aplastadas, juguetes rotos, detalles oxidados de mecanismos… Su principio consiste en casi no intervenir y no cambiar nada. “Encontrar” un objeto ya por sí significa elevarlo a nivel del arte. Uno de sus primeros “objetos encontrados” fueron esas semillas que vuelan (popularmente llamadas “vilanos”) con las que llenó un vulgar tarro de cristal. Para él parece que no hay una frontera esencial entre este tarro de “vilanos” y un cuadro de pintura abstracta. Es el mismo flujo de vida y la misma cuestión de la mirada. Para él, la pintura moderna no es un pretexto para agudizar la mente y la labia, como lo puede ser para un “enterado”, sino algo muy natural y, como cualquier cosa natural, contiene un misterio…

 

Fotografía de Antonio Pérez joven cuando vivía en Sigüenza.

¿Hasta que edad viviste en Sigüenza y cómo te encontraste en Paris?
Soy el menor de la familia de 12 hijos, algunos de mis hermanos se dedicaron a medicina y los demás al comercio. Yo me fui a estudiar Filosofía y Letras a Madrid, carrera que no acabé por asuntos políticos. Me fui a Paris –tenía unos 20 años– a ganarme la vida… Ya anteriormente en España conocí a Hemingway, a Baroja y a todos los escritores de la época y vine a Paris con un bagaje, rudimentario, de conocimientos y de amistades. Y allí en Paris fui uno de los creadores de la editorial “Ruedo Ibérico” que se dedicaba a publicar los libros prohibidos en España en aquella época. Yo me ocupaba más bien de la arte plástica y de colección de la poesía y novela que salían con portadas siempre bien diseñadas por Saura, Tapies, Millares, Pepe Ortega, Eduardo Arroyo, los pintores más interesantes de la época…

Antonio Pérez junto a una obra de Millares en la Fundación.

…que vivían en Paris.
No todos, pero todos hacían excursiones a Paris. Antonio Saura sí que vivía allí.
Que esté yo en Cuenca se lo debo justamente a Saura. Viviendo todavía en España, hice el río Tajo a pie y pasando por Cuenca me dijeron que aquí vivían dos chicos, Millares y Saura, y me presenté en su casa. Saura era de Huesca pero su padre compró una casa en Cuenca para los veranos. Llamé a la puerta y me quedé vivir varios días con ellos… Cuando me fui a Paris, Saura ya llevaba allí unos años. Y luego juntos pasamos allí 20 años. Y yo todos los veranos venía a Cuenca a su casa. Y un día me dice mujer de Saura que se vende la casa de enfrente, y la compro. Traje aquí contenedores con mis libros de Paris y de Sigüenza. Eso fue ya cuando murió Franco. Y en un momento dado decidí volverme para acá. Hice una editorial completamente diferente a la del “Ruedo Ibérico”, dedicada completamente a la pintura, y edité varios libros de ejemplares numerados y firmados con serigrafías de los mejores pintores del momento: Saura, Guinovart, Canogar…
Lo más curioso es que la gente piensa que tenía dinero y yo nunca he tenido dinero porque claro, éramos doce hijos ¡imagínate! Lo único que he heredado de mi casa es un reloj, el reloj magnífico de mi padre. Lo que ocurre, es que siempre he tenido mis relaciones con pintores. Yo dejé incluso de pintar –yo he dibujado muy bien– porque cuando conocí a los pintores me dediqué más a ellos. En aquellos años era todo más fácil, no había tensión con el dinero, un pintor joven que empezaba siempre regalaba cosas cuando veía que a alguien muy interesado. …Y luego yo ya compré a mi aire.

Lo mismo que le pasó con pintura, le pasó con literatura. Escribía poesía pero, dice, al conocer un libro de Claudio Rodríguez, “un poeta maravilloso, que escribía mejor que yo”, lo dejó. Porque una cosa es conocer a los escritores míticos, otra, leer un libro de uno de tu edad y darte cuenta de que nunca llegarás a ese nivel.

Siempre he estado metido en el mundo de los libros. En aquellos mis 18 años en Madrid era muy fácil ir a las casas. Ibas a la casa de Pío Baroja, a la calle Ruiz Alarcón cerca del Museo del Prado y te presentabas, llamabas y salía una señora: “¿Qué quiere usted?” –  “Vengo a ver a Don Pío” – “Venga, pase”…

¿Pero había que aportar algo a la relación?
Conocimientos de Baroja. Porque Baroja en aquella época estaba prohibido pero había gente –como Fidel Vela, Pepe Esteban y yo que vivíamos en Sigüenza– que conocíamos su obra. Es muy curioso. Hay una cosa que me gustaría resaltar: es que en Sigüenza los de mi generación, de los años 50, tuvimos la suerte de que había una biblioteca municipal maravillosa, que eran restos de la biblioteca republicana. Y director de la biblioteca era un maestro nacional, don Gerardo, hombre muy eficaz pero de una ignorancia sublime. Porque no sabía lo qué había allí, porque si hubiera sabido que Pepe y yo estábamos leyendo las cosas prohibidas de la época… Valle-Inclán que no se publicaba entonces, Baroja que no se publicaba entonces, Azaña, Aleixandre… Los leíamos tranquilamente.

En el centro, tarro con vilanos, uno de los "objetos encontrados" de Antonio Pérez.

¿En Sigüenza tuvisteis problemas vuestro grupo?
Problemas, todos. Teníamos un grupo que lo formábamos siete chicos: Fidel Vela, Pepe Esteban, Máximo Robisco, Teodoro Andrés, Mariano Moreno “El Gichis”, Pepín Ibáñez y yo. Unos estudiaban, otros no, Pepín Ibáñez era un panadero, Fidel Vela trabajaba en banco… Nos unía que éramos de izquierdas y bastante revoltosos y… cambiando las palabras de Neruda: “confieso que he bebido”... Decíamos lo que pensábamos y eso creó bastantes problemas. Hubo tantos problemas que una serie de señores de Sigüenza, cuyos nombres no vamos a dar, hicieron todo para hacernos la vida imposible y denunciarnos. En Madrid, en la Dirección General de Seguridad, aparecieron muchos papeles contra mí. Y un día se presentó en Sigüenza la policía de Madrid. Yo estaba ya en Paris, pero venía a Sigüenza a menudo. Me cogieron, me llevaron de casa al Ayuntamiento, me tuvieron toda la tarde allí. Y por la noche a Fidel y a mí (porque a los otros no) nos llevaron a Guadalajara, al calabozo… Al día siguiente nos dieron una charla “pedagógica” y nos volvimos a Sigüenza.
Pero hay un detalle. Una maleta con una cantidad de papeles míos, con las cartas del amigo Pepe Ortega y dibujos de curas que hicieron Saura y Millares se la llevaron y me la devolvieron vacía. Y al salir me hicieron firmar, y lo firmé naturalmente, que me devolvían la maleta, lo único que no estaba puesto es que me la devolvieron vacía. Pero fíjate que ahora un sobrino nieto mío hace poco fue a la gobernación de Guadalajara y dijo: “Quiero saber dónde están las cosas de mi tío” y le sacaron el informe y dijeron que “no, no, que esto se le devolvimos, está firmado”. …A ver si un día aparecen por allí, me encantaría encontrar los sauras y los millares.

Antonio Pérez muestra otro de los "objetos" presentes en su Fundación.

¡Eso lo ha recogido un listo que sabe lo que valen! ¿En qué año fue eso?
Yo vivía en Paris desde el 57. Fue en un viaje mío de Paris en… 58 puede ser, un viaje que hice a Sigüenza y me quedé un mes. Y mira como era el ambiente, la gente venía a casa, abrazaba a mi madre y me daba besos a mí. Una señora me dio unos besos y le dijo a mi madre: “Ay, señora Catalina, ¡qué sinvergüenza es la gente! ¡Con lo bueno que es su hijo dicen que es comunista!” Y yo, en efecto, era comunista… El día siguiente yo ya me largué.

¿De qué vivías en Paris?

Saura me colocó en un restaurante. Y empecé a trabajar fregando platos en un restaurante de Bellas Artes. Después me fui a otro restaurante. Por las noches me venía a buscar Saura. Y trabajaba conmigo, fregando los platos también, estaba un chico marroquí que era el amante de Jean Genet, autor del “Diario de un ladrón”, ¡magnífico libro! Por la noche nos estaban esperando Jean Genet a él y Saura a mí, sin hablar entre ellos… Trabajé descargando camiones y en una cosa que ya no existe: recogida de papel desechado por los pisos, periódicos, paquetes.... Lo bajabas, lo cargabas en un camión y lo vendías. Luego, en 1962, hicimos la editorial “Ruedo Ibérico”.

También trabajaste en la librería Maspero…
Sí pero antes trabaje en la librería del partido comunista “Le Globe”. Luego hicimos “Ruedo Ibérico” y pasé a llevar la dirección de la librería extranjera más famosa de Paris que era “La joie de lire”, en el Barrio Latín. Su director era François Maspero. Eran dos librerías vecinas, yo dirigía la librería extranjera: la española, alemana e inglesa. Por allí pasaron todos los escritores conocidos: Sastre, Simone de Beauvoir, Lacan… Yo viajaba aquel entonces mucho y había gente que viendome a mí decía: “Mira, ¡el hombre de Maspero, el hombre de Maspero!”. Durante años me reconocían por donde ibas. La librería internacional pagó la parte de la guerrilla de Che Guevara, teníamos mucha relación con la América Latina y con el tercer mundo, sobre todo con África.

¿Estuviste en el París del mayo de 68?
El mayo 68 se fraguó en dos sitios: en la Universidad de Nanterre y en Maspero. Muchas veces publicábamos octavillas y estábamos en la calle todo el día con ello. Intervine como uno más. Hubo un momento en que casi nos expulsan, como españoles, de Francia y allí se portó bien François Maspero. Gracias a él no nos echaron. Porque ningún extranjero tenía derecho entonces a hacer política activa.

Juan Benet decía que Antonio Pérez es la persona más necesario para ir a Paris.

Venían todos. Conocí más España cuando vivía en Paris que en la misma España.

¿Cómo fueron tus relaciones con el partido comunista?
Fui militante hasta el año 75 y luego ya no. En el exilio, en la clandestinidad no tienes carné, y cuando me vinieron a buscar para dármelo yo dije que no. Y cuando vino aquí a Cuenca en 1975 Carrillo le dijeron: “¿Por qué no dices algo a Antonio Pérez?”, contestó: “Si queréis que Antonio Pérez esté con nosotros, dejadle tranquilo”. Y es verdad… Tanto que hablamos del realismo socialista, de un realismo vulgar, es mentira, el Partido Comunista jamás se metió con la concepción del arte que teníamos Saura, Tàpies o yo. Por ejemplo, hubo un homenaje a Picasso en Paris y me dijeron que yo organizara a los pintores que iban a participar y había ciertos pintores muy del partido pero malos. Y yo dije que no. Y me dijeron que el camarada tal estuvo en la cárcel y yo dije: “En la cárcel, magnífico; como pintor, no”. Y nunca se enfadaron por ello.
Había cosas que no me venían, claro. Cuando pasó aquello de Praga, yo estaba a favor de Praga, y Semprún no. Era mayor que yo, era lo más lógico que fuera estalinista. Yo era muy amigo de Jorge, pero yo discutía con él. “Yo soy del partido pero dime ¡por qué hay que tragar sapos!”
En un momento dado Cuenca se convirtió en el centro de atracción para muchísimos pintores españoles: “Todos los pintores españoles, salvo los catalanes, venían aquí para pasar una temporada”. Pero en Antonio no se nota nada de nostalgia (es como el reloj de su padre, sigue y no piensa parar), a la Fundación se añaden cuadros de los pintores de siguientes generaciones, la Fundación organiza exposiciones, entrega un premio, etc.

Antonio Pérez en la Fundación.

Para mover grandes cosas ¿tienes que acomodarte a los poderes?
Yo siempre soy como soy. Por otra parte, siempre “defiendo” a los políticos. Yo puedo estar a favor de divorcio, de aborto… pero la ley de divorcio no hace Antoñito Pérez, la hace un señor que se pringa.

El divorcio, aborto… ¿No eres creyente? ¿Agnóstico?
Llamarse agnóstico me parece una cursilería.

¿Pero crees en algo?
En que estamos juntos aquí… Y todo está lleno de misterio. Para esto –¡cuidado! – está la ciencia, para estudiar el misterio. “El mundo lo hizo Dios…” ¡Ay, qué bien! ¿Y quién hizo a Dios? ¿El reloj sin relojero?
Yo soy lector del mejor poeta de España y es San Juan de la Cruz. Me interesa la religión, lo sagrado, ¡muchísimo! Yo nunca escarbo en el arte quién eres como persona. Me interesa la obra. Lo que tú me explicas de tu obra me da igual, me importa lo que veo yo en tu obra.

¿No entiendo, para ti lo más importante es cómo es uno o sus obras?
¡No, no! es que yo sé de ti lo que profundamente escondes, lo que te ha hecho hacer este libro o este cuadro… Mira, tengo amigos que me regalan sus cuadros y luego rompemos por algo. Y me dicen: entonces, ¿sus cuadros ya no están? Qué va, allí están, lo que no tengo es a él… que se queda con su mujer y su padre.

Eres muy polifacético. ¿Cuál es tu don principal?
Hay una frase que dijo Cezanne sobre Monet: “Es solo un ojo pero ¡qué ojo!”.  Lo más importante de mí es la mirada, el ojo.

“Objetos encontrados”
Siempre son homenajes a los artistas. Es decir yo salgo de una exposición y salgo empapado de un pintor, miro alrededor y digo: “¡Mira, mira, un Gordillo, un Tàpies!”

El comercio del padre
Especiero, pimentero. Y alguna gente tontita de Sigüenza cuando me quería insultar me llamaba “especiero”, y a mí, al revés, me encantaba. Por su trabajo mi padre viajó mucho. Siempre he dicho que heredé de mi padre los caminos.

Relaciones
Yo vivo sólo pero con mucha gente. Ahora, mi casa es mi casa… Me gusta acercarme a todo el mundo pero quedarme un poquito aislado.

El mundo artístico francés y el español

España es un país de personalidades enormes como Picasso, Miró, Dalí. En Francia hay más mundo social. Los españoles nunca invitan a sus casas, los franceses, sí. En Francia hay una vida social de verdad, el estilo de relación social es mucho más profundo.

El país más avanzado en arte
Se habla mucho de Berlín. Yo me quedo siempre con Paris… Si yo ahora elegiría, viviera en Berlín, la vida más barata y hay muchos pintores.