Por: Javier del Castillo

Aquel verano plomizo y traidor de 2002 será difícil de olvidar. Sobre todo, la última semana de agosto, recién regresado a Madrid, después de unas vacaciones de playa, excursiones, pinares y bicicletas. El día 24 fallecía mi madre, a la que unos días antes había dejado en la barandilla del Paseo de la Alameda siguiendo emocionada la Procesión de los Faroles, y el día 29 mi querido y admirado maestro, Luis Carandell.

 

Sigüenza - Atienza, en medio del bochorno, la canícula y la pena, con el alma encogida por la perdida del ser más querido – “hijo, no te vayas muy tarde a Madrid, que estarás cansado de las fiestas“, son las últimas palabras que recuerdo de ella –, y con la ausencia casi inmediata de Luis Carandell, uno de mis referentes periodísticos: honestidad y sencillez, denuncia de los abusos por encima de ideologías e interpretación de la realidad desde la tolerancia y la crítica constructiva.   

Un día, aquel Luis Carandell, al que leía en “Triunfo” durante mi etapa de estudiante y al que esporádicamente había visto alternar con José Esteban en Sigüenza, descolgó el teléfono para atender con una amabilidad desusada al joven periodista que quería entrevistarle para el Dominical del “Ya”. El motivo: su incorporación a TVE, como director y presentador de los telediarios del fin de semana. En aquella entrevista en Torrespaña, Luis Carandell se disculpaba por su desconocimiento de la cosa audiovisual y por su escasa telegenia, pero también expresaba el compromiso de dar mayor protagonismo a la cultura.

A pesar de su trayectoria como corresponsal en diferentes países, a pesar de su reconocimiento como cronista parlamentario, Luis Carandell no dejaba de sorprenderse de una popularidad sobrevenida, que no deseada, y a la que hacía frente – como a tantas cosas de la vida – desde la más absoluta sencillez y naturalidad. En aquel primer encuentro también hablamos de Atienza y Sigüenza, de algunos amigos comunes - como el ya citado Pepe Esteban o de Maxi Robisco – y de alguna velada inolvidable en lo que entonces era lugar de culto noctámbulo: “El Molino”. 

Gracias a la revista “Atienza de los juglares”,           que dirige el amigo Tomás Gismera, he podido releer un artículo de Carandell en “Triunfo” hablando de las Fiestas de Sigüenza de 1973. En esa crónica de ambiente recuerda la becerrada en la que actuó como mozo de espadas su amigo “Faustinín” (José Esteban) y el recorrido por las peñas de la Ciudad del Doncel. “Sigüenza – escribía Carandell – es de antiguo una ciudad de veraneo, y, de hecho, aparte de la agricultura del valle del Henares, no tiene más actividad que la que deriva del veraneo. Son muchos los seguntinos que claman por alguna apoyatura industrial de esta situación de monocultivo veraniego”.

Pues todavía estamos en ello, querido Luis, aunque hayan pasado casi cuarenta años desde que tú escribieras esas líneas. Sigüenza sigue como siempre. Aquí no ha cambiado ni la estructura económica, ni su fisonomía. Pero tampoco ha cambiado mucho en Atienza, donde hace unos días nos reunimos para recordarte, en el corral de tu casa de la Calle Real, donde Eloisa descubrió una placa que dice: “Aquí Luis Carandell (1929-2002)”. Así de breve, como el discurso del alcalde atencino, que se limitó a dar los buenos días y las gracias a los allí congregados.

Nadie mejor que Luis Carandell, enamorado de Atienza y de sus tradiciones, para saber distinguir el grano de la paja. Recuerdo haberle pedido en numerosas ocasiones su punto de vista sobre asuntos de la actualidad, que luego yo incluía como apoyo en algunos reportajes de la revista “Tribuna de Actualidad”. En apenas quince líneas, era capaz de dar las claves que servían para entender cualquier historia humana o de contenido social.

Un día le llamé para entrevistarle por el libro “El santoral de Luis Carandell”, que acababa de publicar, con ilustraciones de su amigo Alfonso Ortuño. Le propuse quedar, como otras veces, en el Hotel Suecia, de Marqués de Casa Riera, pero me ofreció la posibilidad de venir él a la redacción de la revista, en Castellana, 184. Siempre, facilitando las cosas. Y allí estuvimos hablando de santos, aunque sin que consiguiera sacarle cuál era su preferido.

Yo no sé si lo hacía por su agnosticismo o para que no se molestara ninguno de los que aparecen en ese libro, que guardo dedicado, junto a una edición de “Celtiberia Show”, en mi casa de Sigüenza. Me inclino a pensar en lo segundo.

Luis Carandell era tan buena persona que ni en el santoral quería buscarse enemigos.

Fotos: TXETSU