
En el verano de 1905 geógrafos y astrónomos estaban de enhorabuena. Se anunciaba un eclipse total de sol, visible en una gran parte de España, para finales del mes de agosto. La ciudad de Sigüenza saltaba de alegría. Según las previsiones era uno de los lugares idóneos para la observación y el estudio de este fenómeno astronómico. La expectación de las gentes crecía espectacularmente y los seguntinos se preparaban para vivir un momento inolvidable.
El día señalado, el treinta de agosto de 1905, un imponente gentío acudía a Sigüenza para observar la desaparición del sol en pleno día. Los periodistas madrileños cifran en sus crónicas hasta más de diez mil personas venidas a la ciudad, en trenes totalmente abarrotados, en particular gentes de las clases más populares, estudiantes y modistillas en el lenguaje de la época, dispuestos a gozar de un día de fiesta. Sigüenza se convirtió en un inmenso mercado donde todo se vendía, desde comida y bebida hasta las novelas de moda, y sobre todo los más variados artilugios para mirar al sol, en particular todo tipo de cristales más o menos ahumados. El tiempo era bueno con algunas nubes blancas que dificultaban la nítida visión del cielo. Se llenaron cafés y casinos, calles y plazas, paseos y alamedas, sin olvidar los bellos parajes cercanos como el pinar y las orillas del río Henares. El eclipse comenzó a las once y treinta de la mañana y terminó cerca de las dos y media de la tarde, produciéndose el momento de máximo oscurecimiento en torno a la una del mediodía, con un muy apreciable descenso de la temperatura, unos quince grados por debajo de lo habitual.
La compañía de ferrocarriles dispuso de trenes especiales desde la madrileña estación de Atocha, con salida de Madrid a partir de las seis y diez de la mañana y llegada a Sigüenza cuatro horas y cuarenta minutos después. Estos convoyes fueron tomados al asalto por los impacientes viajeros provocando un grave conflicto público. Muchas personas no pudieron realizar el viaje. A las ocho cincuenta partió de la capital un tren de lujo con vagón restaurante, con llegada a Sigüenza a las doce y quince. El precio del billete de ida y vuelta era de doce pesetas en primera clase, ocho en segunda y cuatro en tercera. El tren de lujo costaba veinte pesetas. Una vez terminado el acontecimiento los viajeros regresaron a sus destinos en cinco trenes cuyas salidas se sucedieron desde las siete de la tarde hasta las doce y media de la noche. Todo un desafío para la compañía ferroviaria.
El conde de Romanones, a la sazón ministro de Agricultura, pensando en las elecciones generales convocadas para el siguiente mes de noviembre, no dejó pasar la ocasión brindada por los astros. Una semana antes de tan singular suceso viajó a Sigüenza siendo objeto de una sonora bienvenida. En la estación del ferrocarril fue recibido por el nuevo alcalde seguntino, Ignacio Gil Rodrigo, por el obispo diocesano Toribio Minguella, además de las autoridades locales y de un gran número de personas. El entusiasmo era desbordante. Romanones fue acompañado hasta su casa del paseo de la Alameda por una multitud enfervorizada, entre vítores y aplausos, enmarcados por los acordes de la banda municipal. Un asombroso recibimiento.
El conde de Romanones, consciente de su poder político, había invitado a distintas personalidades a contemplar el eclipse en sus predios seguntinos. Con tal motivo llegaron a Sigüenza, entre otros, el ministro de la Guerra, Valeriano Weyler, general conservador, héroe de la guerra de Cuba y posteriormente enfrentado al régimen dictatorial de Primo de Rivera; el ministro de Gracia y Justicia, el catedrático Felipe Sánchez Román; el gobernador civil de Guadalajara, Luis Fuentes Mallafré, natural de Atienza y diversos concejales liberales del ayuntamiento de Madrid. Una vez terminado el eclipse, Romanones, su familia y sus invitados, además del alcalde y los concejales seguntinos, del obispo y demás dignidades eclesiásticas, otras relevantes personalidades de la ciudad y los miembros del partido liberal, se trasladaron a llamada Huerta del Obispo, entonces propiedad del aristócrata, para disfrutar de una esplendida comida. Así, tan señalado día terminaba con una importante reunión política donde se iban a decidir los destinos de los seguntinos.
No solo hubo entonces noticias de carácter social y político. Los hombres de ciencia también tuvieron sus protagonistas. El Instituto Geográfico y Estadístico de Madrid encargó al ingeniero geógrafo Príamo Cebrián Yusti, residente seguntino en la época veraniega, el estudio de los efectos magnéticos del eclipse de sol. Cebrián instaló al pie de la muralla norte de la catedral, en el jardín de su domicilio en el callejón de Infantes, un pequeño observatorio, provisto de un teodolito y un inclinómetro y sus equipos auxiliares, para efectuar diversas mediciones sobre la influencia del eclipse en el magnetismo terrestre. Igualmente, los observadores militares, al mando del teniente González, analizaron en Sigüenza las consecuencias meteorológicas de este fenómeno natural. Ambas misiones científicas elaboraron informes y memorias con los datos obtenidos. Un buen recuerdo de la pequeña historia seguntina. Un día de alborozo para la ciudad de Sigüenza a comienzos del pasado siglo.