Por: Juan Je Asenjo

 

Parece que fue ayer, pero les contaría a nuestros amigos, cómo al finalizar la Caballada, serían las ocho de la tarde, la magia se hizo presente en una carita infantil. Habíamos dejado, entregado a los chavales de Atienza, los caballos para que los acercaran a los camiones para su traslado, el sol daba de soslayo, del atardecer y en ese instante una niña, Leire, catorce mesecitos de belleza, miraba a su padre, achinando sus ojitos con mimo y repitiendo insistentemente, papa, papá, y el afortunado era el señor seis de la Cofradía, Santi Arias.

Ha sido una Caballada genial. Desde primeras horas de la mañana, aparte de los nervios iniciales, hasta ver qué caballo tocaba montar,  había una sensación de fiesta. A las diez de la mañana, en la Plaza del Trigo, la de Atienza de los Juglares de Gerardo Diego, pasaron, nos pasaron lista a los hermanos, su Majestad el Rey, el Primero, y luego unas multas, a los infractores de los usos en libras de cera, la más divertida la del Hermano  y Abad  de la Cofradía, por confundir en sus sermones a San Isidro, patrón de la Caballada, con San Cristóbal, el de los conductores. Pagaron dos libras de cera, no de multa, sino de honroso tributo, los nuevos hermanos: Oscar de la Fuente, Juan Manuel García y Víctor Ruilópez, todos ellos fruto de profundas raíces atencinas.

La llegada a la ermita fue pausada, son unos dos kilómetros desde la población, y a la voz del manda, “señores hermanos, a pie”, descendieron los cofrades de sus cabalgaduras. Hay en ese momento un rito que muchos caballeros respetan, el de la confesión, o sea confesar los pecados al señor abad. De ese modo, pues, los instantes de espera suceden calmados hasta la hora de la procesión. Este año se produjo una escena inusual. En la ermita hacía frío y el abad que confesaba se tuvo que poner una capa de las de los recueros, para resguardarse. Una capa sobre la que la estola acreditaba la condición del confesante y una capa que acreditaba ciento cincuenta años de existencia, heredada en la familia del padre del bisabuelo de quien escribe.

En la procesión sorprendió la multitud que acompañaba a la imagen sonriente de la  Virgen de la Estrella. La distancia entre los asistentes impedía que las canciones fueran acompasadas, de modo que al cantar se producía como un efecto de eco que reiteraba canciones ya iniciadas. La subasta de los banzos, el honor de poder llevar a la imagen en sus andas, mantuvieron un alto promedio, en torno a los ciento cuarenta celemines de trigo, para la contabilidad banal y mundana, ciento cuarenta euros. Un detalle muy bonito fue que el recién nombrado alcalde, Pedro Loranca, subastó el primero de los banzos como muestra de respeto a la Cofradía de la que no es hermano pero sí devoto de la Virgen de la Estrella. El mismo respeto manifestaron los políticos presentes, Juan Antonio de las Heras, José María Bris, Mario González  por los populares y Ángela Ambite, como Delegada de Industria de la Junta de Comunidades.

En la misa, tras la procesión, hubo lleno total en la ermita. Tanto de los hermanos, con sus capas y chaquetillas en el presbiterio, como de los fieles que sumarían unas doscientas cincuenta almas. Aquí sí que se acoplaron las voces en la cercanía del interior y hubo una sintonía muy bonita. Las voces varoniles de los cerca de cuarenta  cofrades arrastraban las de los fieles. No debo olvidar la  cálida homilía del abad Ángel García Rayo, cura de Buenafuente del Sistal, otro enclave fundado por Alfonso VIII, quien glosó la afortunada llegada del Espíritu Santo en Pentecostés y la afortunada fidelidad de los arrieros atencinos, predecesores de los hombres de La Caballada. Tras la misa el remate de las roscas se dio muy bien, este año con las roscas se subastaba un vino de Rioja envasado aposta para la Cofradía, vino de La Caballada. Bailes a la Virgen y trago de la bandera, en vaso de cristal como Dios manda, fueron preludio de una comida, en estricta clausura, como si monjes fueran los hermanos, donde después de un delicioso asado, en los discursos se dio suelta a un torrente de emociones. Allí agradecieron los cofrades el esfuerzo de los hermanos José de Marcos, su esposa Angelines Velasco y el seis Modesto Arias, que durante meses se habían esmerado en acondicionar el entorno de la ermita, creando lo que en este acto se dio en llamar, “Parque  de la Virgen de la Estrella”. El seis Longinos Fuentes, por edad, el segundo más veterano de los hermanos vivos tras Santiago Bernal, vio reconocida la aportación familiar a la tradición  por la presencia en el acto de tres de sus hijos, su  yerno y dos de sus nietos: Álvaro como prioste y Miguel Ángel como mayordomo. Miguel Ángel no pudo asistir y fue sustituido por su tío José Carlos. La razón, que se encontraba en Hawai, por su condición de guardia civil, dentro de un grupo de apoyo a las democracias orientales, como misión de buena voluntad de la Unión  Europea. A Felipe Rodríguez, le correspondió un homenaje merecido, sus veinticinco años  de hermano y sus casi veinte de seis de la Institución.

Despidieron los caballeros a las insignias y se hicieron una foto, todos felices, de un día tan grato. Luego bailaron jotas y más jotas en honor de la Virgen de la Estrella, y al acabar la tarde, cantaron una Salve a la más antigua de las advocaciones de Atienza. La entonación fue muy correcta, pero si bien pudieron llegar a los tonos altos las mujeres presentes, los hermanos vieron complicado llegar a los tonos bajos, de todas formas el eco de las seculares paredes de la ermita dieron su aprobación a un canto emocionante.

Camino de Atienza, se rezó, a caballo, por los hermanos difuntos de la Cofradía y por el primero que fallezca. La bandera que por la mañana había subastado el seis Miguel Ángel Fuentes, padre del prioste y del mayordomo, en mil setecientos cuartillos de vino, pasó a manos de otro seis, Felipe Rodríguez, por mil ochocientos cuartillos. Esto de los cuartillos quiere decir, en román paladino, que la bandera ha sido subastada al bonito precio de novecientos euros, antiguas ciento cincuenta mil pesetas.

En el recorrido entre las dos peñas de la bandera, hito de parada señalado en piedra para los rezos, hablábamos con el cuadrero Jesús, jefe de los cuidadores de las caballos que nos acompañan en el día, y como un truco para mantener calmado el caballo la voz amiga de Jesús le relajaba y quien esto escribe iba como en un sillón del salón de la casa.

Le comentábamos a Jesús si era realidad lo que habíamos visto en el cine, en la peli de Robert Redford, “El Hombre que susurraba a los caballos”. Él nos confirmó la nobleza y memoria de estos animales, así como la necesidad de ser guiados por la rienda y el bocado que transmite las órdenes. Como el personaje de la peli, la niña Scarlet Johansonn, parece autista, nos recordó emocionado Jesús, que estos caballos, cada quince días, los viernes, son acariciados y cepillados por un grupo de disminuidos psíquicos, dentro de un programa que se sigue en Buitrago de terapia afectiva. Algunos de ellos terminan montando y los caballos, según su cuidador, acaban “despatarraos”  del relajo y cariño que perciben de esos enfermos de cuerpo que no de alma. Pues soñando con esa sensación de mutuo respeto se acuerda uno de la canción más bonita de esa película de Alison Moorer. En el momento más complicado de amor, infidelidad, desamor de los protagonistas, en un club de música sureña, canta con la belleza impresionante de su voz, y la prestancia de su imagen Alison Moorer una canción  “A soft place to fall”. Una maravilla… Un lugar placentero para habitar.

Bueno, pues en estas cosas llegamos a la corredera, en el camino de las Cuevas. Allí los hermanos que mejor montan compiten en carreras de dos a dos, protegidos en sus carreras por un lienzo de belleza que es la figura del castillo, el monte Padrastro, la silueta de San Salvador, de la Trinidad, de San Juan, de las murallas. Una buena forma de dormir con la tarde. Al acabar, los niños dicen con sus manitas y voces infantiles, en la corredera y en la puerta de las casas de Atienza, adiós, adiós, y no es a los caballeros, es a los caballos que han conquistado en esta jornada los corazones infantiles. Quiera Dios que esos críos sean mañana hermanos de la Caballada.

Finaliza todo con una limonada deliciosa que nos sirve el abad en la plaza del Trigo y tras decir adiós a las insignias, desmontamos, entregamos los caballos y servidor, andando por el arco de Arrebatacapas con la impronta de los Asenjo, deprisa y con la cabeza gacha, se mira en los cristales de las tiendas para ver si el aspecto es tolerable y se encuentra que le responde una sonrisa de uno mismo, porque en ese momento se estaba acordando de Violeta Parra, de Mercedes Sosa, agradeciendo una jornada feliz con el “Gracias a la Vida”, a la Vida que sin duda ha deparado unos largos momentos felices de la mano de la Virgen de la Estrella.

Fotos de Checho Asenjo y Sara Arias.