Por: Tribulete

Podría estar jubilado, pero la inactividad no le gusta, y la soledad (la esposa falleció hace unos seis años) le impele a tener alguna ocupación, y para ello nada mejor que continuar tranquilamente con los viajes por todo el país. Julio ha vivido varias vidas, dando el callo desde niño, soportando sobre sus espaldas la dura realidad de unos años terribles que descargaron la penuria sobre los trabajadores. Accede a la entrevista, y nada mejor que un rincón de la Alameda seguntina para tonificarse y charlar un poco.

Mis padres eran maños; mi padre, Julio, que trabajó de administrativo en las salinas de Imón y La Olmeda, de la Vilueña, al lado de Calatayud, y mi madre, Rosa, de Zaragoza. Pero los ocho hermanos que hemos sido hemos nacido y hemos sido criados aquí en Sigüenza. Las campanas de la catedral anunciando fiesta son la música de fondo que acompaña a la entrevista, junto con esa otra música coral que representan los humanos sonidos en la Alameda, llamando a los niños o pidiendo una cerveza. Julio tiene un fuerte sentido del humor grueso, y así lo demuestra cuando nos habla de su piel morena: nací el 21 de junio y me sacaron al sol creo que sin ropas y dijeron:”que se tueste”… y ya me tosté...  Siempre trabajó en Sigüenza, aunque he trabajado con camiones fuera, pero la base aquí. Su historia es la de aquellos que tuvieron que salir adelante en adversas condiciones: me puse a trabajar en cuanto tuve uso de razón, éramos ocho hermanos y hacía falta ayuda... ¿Recuerdos? Son malos… porque ahora me sale todo lo anterior: me duelen los riñones, te levantas y me duele hasta el esternón, y ello porque he trabajado mucho, he querido aprender mucho, la alimentación no era tan grande como ahora… entonces llevabas una cinta de lomo en Navidades a casa y era que había bajado Dios a tu casa… Era época de mucho trabajo: el día tenía veinticuatro horas y trabajábamos veinte; había que trabajar y sacar el tema adelante. A los catorce años comencé a trabajar en la empresa Anguita Casado. Allí entré de aprendiz en la tienda,  entonces venía mucho veraneante y había que llevarle los pedidos a casa…se trabajaba muchísimos. Luego estaba el Florida, que daba muchas bodas, y allí íbamos de camareros; abajo tenían la verbena y también trabajábamos allí. Coincidí con Rafa Alvir, que fue siempre un gran compañero. No faltaba trabajo, y las oportunidades para el aprendiz eran grandes. Podías aprender todo lo que quisieras, porque te necesitaban y porque había todo el trabajo que se quisiera. Yo aproveché y allí aprendí a conducir. Pero ahora, con más de sesenta años, aparecen todos los excesos que hiciste, y ahora me siento cansado, tengo molestias… el trabajo era duro, sin apenas salidas a la diversión. ¿Y el dinero? Julio marca bien el tiempo pasado: entonces entregabas todo el dinero en casa, porque había que ayudar, y mi madre me daba una cantidad pequeña para salir… también si yo quería un jersey bonito que había visto en Robisco y me lo compraba. Con los años viene el cambio de oficio. Entré de camionero con la empresa Bueno, ya que tenía el carnet de primera, estando todo el día en ruta. Se trabajaba bien, porque tampoco faltaba el trabajo, llevábamos arena de Somolinos para las fundiciones de Sevilla y allí estuve hasta cerca de los treinta años. También conduje camiones con la empresa de Hernando Heredia, íbamos los lunes de madrugada a Alcañiz a echar aglomerado y regresábamos los sábados. Luego hice muchos extras en bares seguntinos: en el Sánchez, en el Casino,  en el kiosko de la alameda que tuvo Jesús Carranza, que fue uno de los sitios en que más a gusto he trabajado…con Paco el del Motor dimos muchas bodas en el Capitol, en muchos sitios, y de todos salí con las manos limpias y la cabeza siempre alta. El taxi viene finalmente como culminación de esta trayectoria. Estan-do con Hernando Heredia compré una licencia con el fin de venirme y sentar todas las bases en Sigüenza, y aquí estoy.

Pocos oficios tan ajetreados como el del taxi, una especie de trotamundos de la modernidad. El trabajo es agradable y yo me he acomodado muy bien a él, eso sí, seleccionando mucho a la gente. Me gusta estar en activo y hacer los viajes que me gustan, por toda España. Desde luego hay que sembrar mucho para poder recoger, y yo en Sigüenza estoy ahora recogiendo mis frutos, y ahora es cuando estoy contento y marcho bien. En este oficio se aprecian las diferentes vicisitudes de la gente, y yo he vivido cosas muy bonitas y cosas muy duras, porque hay que ir con enfermos, embarazadas, etc… un día en Torija una mujer casi no aguantaba y pasé un miedo terrible. Cuando un enfermo viaja es un enfermo para todos, y cuando hacemos algo bonito también nos da gusto el abrirnos y decirnos que hemos hecho algo grande, hemos salvado una vida, como cuando fui colaborador de la Cruz Roja… Dices que ahora es cuando recoges los frutos y es cuando te sientes más satisfecho, y esta circunstancia otorga cierta madurez para apreciar el mundo alrededor, y por ello te pido que me hables del ahora de Sigüenza. Desgraciadamente no lo veo como antes: anteriormente las puertas de las casas estaban abiertas, ahora están cerradas a cal y canto. Ello no es culpa de la inmigración, es por todo el mundo, porque ya no somos buenos ninguno. Fíjese como han cambiado los tiempos: mi padre jamás  puso la mano encima a ninguno de los hermanos: tan sólo con la mirada ya le bastaba para conocer lo que habías hecho mal y castigarte. Ahora eso es impensable. ¿Económicamente? Sigüenza se mantiene por el turismo, el Parador… Lo del polígono industrial no lo veo claro, va a costar mucho dinero. Le pregunto por los recuerdos. Quique Anguita era un cielo, maravilloso, compartía todo contigo, lo bueno, lo malo y lo regular; era oro molido.