
Hay pocos lugares como éste. Nadie se espera que, entre las mesetas y elevaciones propias de la Sierra de Pela, aparezca un oasis como el de la Laguna de Somolinos. Un enclave que se ubica en el extremo norte de la provincia de Guadalajara –muy cercano al límite de Soria-, y que es muy poco conocido por los arriacenses. Algo que puede venir causado por su situación, que se encuentra fuera de las grandes rutas del turismo natural, como el Hayedo de Tejera Negra o el Alto Tajo.
Sin embargo, esta circunstancia no le resta ni uno sólo de los valores con los que cuenta. De hecho, el 12 de noviembre de 2002 la Junta de Comunidades declaró el lugar como Monumento Natural, incluyendo bajo esta figura no sólo al embalsamiento de agua, sino a toda la sierra circundante. En total 790 hectáreas. Todo ello por la importancia de sus elementos constitutivos, tanto en lo geológico, como en lo florístico y en lo faunístico.
Esta unidad paisajística se constituye como una laguna de montaña de origen kárstico. “Se trata de un tipo de erosión que se produce por la disolución de la roca caliza debido a la acción del agua”, recuerda el responsable de la empresa Ecoaventura y gran conocedor de la zona, Juan Luis Pajares. A esto se añade que el lugar es una formación acuática situada sobre una antigua morrena glaciar. De ahí la gran relevancia geológica del enclave y su consiguiente protección.
El río que llena este embalsamiento natural es el Bornova –o Manadero, denominación que varía según la fuente consultada-, que nace unos pocos kilómetros más arriba. Esto asegura una pureza en las aguas que facilita el desarrollo de una floresta espectacular. “La importancia que tiene esta zona a nivel botánico es que todavía hay muestras de tejo, una especie en desaparición en prácticamente toda la península”, recuerda Pajares en una expedición que hizo al lugar con periodistas hace unos meses.
El retroceso de esta especie tiene que ver con la variedad de usos que ha tenido para el hombre a lo largo de la historia. Su madera, de una gran calidad y resistencia, caracterizada por un grano muy fino y apretado, era muy apreciada en actividades como la ebanistería o la construcción naval. Esta fue la razón de que se llegase a la sobreexplotación de estos árboles, lo que produjo su práctica desaparición no sólo en la Península Ibérica, sino en otros lugares del planeta, como las islas británicas.
Por ello, dentro del catálogo de especies naturales realizado por la Consejería de Agricultura y Medio Ambiente, el tejo se encuentra incluido dentro del apartado de «vulnerables». Sin embargo, en el entorno de la laguna hay una mayor variedad vegetal. También se pueden encontrar fresnos, juncos, espadañas, eneas o carrizos. Elementos a los que se deben unir ejemplares propios del bosque de ribera, una formación que se puede distinguir claramente en el enclave.
Pero si la muestra de la flora es importante, la de la fauna no lo es menos. En este Monumento Natural conviven diferentes especies, que van desde garzas reales a diversos tipos de anfibios y reptiles, así como la nutria, el tejón, el gato montés, la garduña o la comadreja. “Además, es un lugar muy abundante en rapaces” recalcaba Juan Luis Pajares al nombrar algunas de ellas, como águilas reales, buitres leonados e, incluso, alguna nidificación ocasional de alimoche.
Todas ellas se deben adaptar a unas condiciones climáticas típicas de las sierras del entorno, con una media de temperaturas anuales de 9,5 ° C y con una sequía estival no excesivamente pronunciada. Situación que permite mantenerse a la laguna con un nivel de agua más o menos estable a lo largo de todo el año. Hecho que también facilita a la cubierta vegetal paliar el estrés hídrico propio de la época veraniega.

Un relajante paseo
Pero para poder disfrutar de toda esta riqueza lo mejor es acercarse al terreno. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que con una caminata por el lugar? Para ello, desde El Afilador les proponemos tomar la carretera que sale de Somolinos y que bordea la laguna. El vehículo se aparcará en uno de los lados de la vía tras pasar un pequeño puente en el que se anuncia el río Bornova. De las cercanías partirá un camino que recorre de norte a sur uno de los márgenes de la superficie encharcada.
Será un paseo muy fácil de hacer, en el que todo el terreno es plano y la distancia, entre ida y vuelta, apenas supera los dos kilómetros. A pesar de ello, lo que el visitante conseguirá ver será la naturaleza en estado puro, observando toda la variedad faunística mencionada anteriormente y llegando a estar en ocasiones a muy pocos metros del agua. Además, si es sigiloso, podrá disfrutar de los movimientos de algunos de los animales que habitan en el entorno.
El camino acabará otra vez en la carretera tomada anteriormente, pero en el otro extremo de la laguna. Por ello, se deberá retroceder por el mismo camino recorrido si se quiere recuperar el coche. Sin embargo, este regreso permitirá volver a disfrutar de un paisaje sin igual, y disfrutar de aquellos detalles que, en el primer paseo, no se hubieran percibido en toda su magnitud.
Pero, ¿cómo se llega hasta este Monumento Natural? Muy fácil. Si se parte de Guadalajara hay que tomar la carretera que conecta la capital provincial a Atienza. Una vez en esta villa –que también se merece una jornada completa para conocer todos sus detalles- se debe optar por la vía que conduce hasta tierras sorianas. Tras pasar por localidades como Tordelloso o Cañamares se alcanzará Somolinos, municipio que habrá que atravesar. Y en el momento en que se dejen atrás las últimas casas de esta población, se observará el destino del viaje.
Además, si el viajero se entretiene observando todas las potencialidades de la laguna y empieza a oscurecer, no debe preocuparse, ya que tendrá la posibilidad de pernoctar en alguno de los dos establecimientos hoteleros existentes en Somolinos. Se trata de los apartamentos rurales Molingordo y de la pensión Ayuso.