
El autor junto al Empire State
Huyendo de tópicos, es imposible encontrarte en esta ciudad con la mente virgen. Es tanta la avalancha de imágenes que todos tenemos de Nueva York a través del cine, la literatura y la televisión, que sumergirte en ella se asemeja a introducirte en un mundo conocido y desconocido a la vez. Lo mismo me ha ocurrido en las selvas ecuatoriales, en los desiertos del norte de África, en otras ciudades como La Habana, París o Londres, pero la Gran Manzana…
No voy a hablar de lo que todos sabemos, de lo que millones de fotografías o fotogramas nos han mostrado sobre Nueva York. A través de las siguientes líneas quiero expresar mis impresiones, mis sentimientos, dejar lo consabido y arquitectónicamente grandioso a un lado y centrarme en los detalles que muchas veces nos pasan inadvertidos, en todo aquello que, además de las colosales y ostentosas edificaciones, hace que una ciudad sea única e irrepetible, casi como un ser vivo, como un ser humano.

Central Station en la hora punta
El primer contacto, después de 8 horas de vuelo, me despista y me emociona. Todo huele a americano, incluso los uniformes de los funcionarios de inmigración que revisan tu pasaporte, graban tus huellas dactilares, tus ojos y tu cara en secretas bases de datos, y te cuestionan qué demonios vas a hacer allí.
Turismo, vacaciones, pasar unos días, cinco en total ?le chapurreo en inglés al afroamericano algo malencarado que me pregunta en el control del aeropuerto JFK. Junto a él, otro funcionario de origen hispano bromea en castellano con dos turistas españolas de muy buen ver que tiene frente a él en el mostrador. Está visto que los dos policías son heterosexuales: uno disfruta con la suerte y la vista, y el mío no.
Nueva York me recibe de noche, con frío, oscuro, tan oscuro como el simpático taxista haitiano que no cesa de dar acelerones y frenazos mientras me cuenta que ya lleva 32 años allí. Le digo que es más americano que haitiano, y me dice que americano ya es, lo ha sido siempre, que no estadounidense. Me callo.
Sólo al acercarme a Manhattan vislumbro entre las ventanillas los edificios que crecen en la isla, como un bosque de troncos negros moteados de luciérnagas. Antes de que yo mismo me obligue a emocionarme, el taxista bucea en uno de los túneles que cruzan el río Hudson. Cuando emerjo, mi entorno se ha transformado en un paisaje luminoso y alto hasta el mismo cielo. Me resisto a caer en su embrujo pero sé que mi cabezonería no podrá resistir mucho tiempo.
Los sábados y los domingos, Manhattan (porque Nueva York prácticamente se condensa en la isla, siendo yo muy concreto y poco purista), se desertiza. De esto me di cuenta dos días más tarde de mi llegada. Hasta entonces las aceras estaban bastantes despejadas. Podía cruzar las calles y avenidas por donde me daba la gana (de ahí viene el término “cruzar a la americana”). Había tráfico pero era fluido. Y en el metro podías estirar los brazos como un Cristo y no tocabas a nadie a tu alrededor. Sólo los lugares eminentemente turísticos, como los muelles del sur para ir a la Estatua de la Libertad o la isla de Ellis, mostraban algo de bullicio y agitación, o las calles más comerciales alrededor del la Zona Cero, con tiendas de bajo coste y alta ocupación. El resto respiraba tranquilidad, casi soledad.

Nuevo rascacielos en la zona cero
La percepción me cambió de forma abrupta el lunes a las 8 de la mañana, cuando para caminar por la calle tenía que ir esquivando cientos de viandantes que flotaban sobre el suelo en todas direcciones. Llevaban entre sus manos un vaso de porespán con café hirviendo y un donut en la boca. Caminan a calzón quitado hacia todas partes, en traje con zapatillas o en chándal con zapatos, porque ésta última es la vista más frecuente en la gente de Harlem, aunque cuando yo estuve era domingo y los más vestían de forma impecable antes de acudir a escuchar una misa gospel. También los hay normales, pero hay que buscarlos. Un buen lugar para hacerlo es el espacioso hall de Central Station en hora punta, que se convierte en un hormiguero enloquecido, donde los accesos directos a los edificios de oficinas que lo circundan vomitan y engullen personas a partes iguales. La vista no se te acostumbra a tanta gente en tantas direcciones.
El Metro es una planta conservera de seres humanos los días de diario. En cualquier caso, sea cual sea el grado de ocupación de un vagón, siempre pude contar con una completa muestra de todas las razas de la Tierra en su interior. Negros, blancos, hispanos, indios, gitanos, asiáticos, orientales, quizá incluso un representante de los inuit (esquimales). A todo ello también le pude aplicar una ración amplia de mestizaje para conseguir las infinitas tonalidades de piel y conjunción de rasgos faciales que cualquiera pueda imaginar. Si hay una verdadera cosmópolis en este planeta, se encuentra en el Metro de Nueva York.

Mujeres de la secta Amish
Mi inglés no es para tirar cohetes. Poco después de transitar por la ciudad me di cuenta de que no estaba fuera de lugar. Aparte de los neoyorquinos de pura cepa (si es que los hay), el resto somos todos extranjeros, acogidos (sea por unos días o para toda la vida). Hay mil acentos, mil formas de expresarse en un inglés prefabricado en los lugares de origen, una especie de idioma parcheado que evoluciona continuamente. Así que, aún cometiendo errores gramaticales y de pronunciación, nadie se atreve a asegurar si acabas de aterrizar o llevas allí toda la vida. Amabilidad y comprensión por todas partes.
Observando la Zona Cero y dos de los cinco rascacielos que comienzan a crecer en su interior regados por grúas y toneladas de cemento, hierro y cristal, me doy cuenta de lo que ha cambiado Nueva York desde el fatídico 11 de septiembre. En cada esquina de la ciudad puedes ver al menos a un policía, hombre o mujer, joven o mayor, gordo (los menos) o hechos unas bestias de la naturaleza. También el Metro está plagado de ellos. Sus rictus son insondables, serios, impolutos y oscuros como sus uniformes. Y sólo cuento los policías que vi de uniforme, que los había por todas partes. ¡Cuántos no habría vestidos de paisano, disfrazados de cualquier cosa, de ejecutivo, de vagabundo, de borracho o drogadicto, de judío ortodoxo o ultraortodoxo, de jovencita a la moda o pasada de ella, de monja o de sacerdote, de jugador de béisbol o baloncesto, de integrante de la secta de los amish o incluso de persona normal! Porque toda esta fauna urbana te puedes encontrar por las calles, estilos y formas de vida conocidos o aún faltos de inventar. Parece aquel recortable de muñecas donde a un maniquí de papel podías colocarle cualquier vestido. En Nueva York ocurre lo mismo, pero las opciones son infinitas.
La policía y los bomberos han adquirido más prestigio del que ya tenían desde que las Torres Gemelas se vinieron abajo. Ahora uno de los souvenir más apreciados y más extendidos son las camisetas, gorras, sudaderas, pantalones, tazas, vasos… con las iniciales y el escudo de los dos cuerpos. Como buen europeo amante del cine negro y de acción, no pude resistir el atractivo de poder vestir en España una sudadera azul marino con las letras amarillas NYPD, y terminé por comprarme una. Pero allí nadie las usa. Somos los turistas quienes, con nuestros dineros, ayudamos a que un porcentaje de las ventas de estos artículos vaya directamente a las arcas de estas dos instituciones. Y yo, desde luego, los doy por bien empleados. Llámame hortera, pero seré un hortera feliz.

Pantallas gigantes en Times Square
Nueva York es una ciudad para visitar cuando no llueve, porque si lo que te interesa son los rascacielos y la novedosa e imprudente arquitectura contemporánea, no podrás hacerlo cuando descarga una nube sobre la ciudad. La atracción te obliga a mirar hacia arriba, y las gotas estrellándose contra tus ojos te dificultarán la visión y te impedirán tomar fotografías o admirar las distintas formas de coronar los edificios. Imposible. Es una especie de tortura difícil de soportar. Mejor esperar a que pase la tormenta. Yo lo hice.
Los puestos callejeros de perritos calientes son como aparecen en las películas pero saben mucho mejor. Por un par de dólares te echas al cuerpo una salchicha aderezada con cebolla, salsa de tomate, ketchup y mostaza. No da para comer pero te mata el gusanillo, te repone el colesterol que has perdido pateando calles y, además, con las manos pringadas te sientes más cinematográfico. Hay multitud de puestos, no tantos como bares en España, pero no tardas más de dos manzanas en dar con uno, y son todos iguales. Tampoco hay que entretenerse buscando mucho tiempo una hamburguesería o una pizzería. Son todas parecidas y en todas se come bien, dentro de lo que puedes encontrar en este tipo de establecimientos. Eso sí, los hay caros y baratos. Y los caros, lo son mucho. En uno de ellos pagué más de 40 dólares por una hamburguesa. Eso sí, se salía del plato y los camareros eran aspirantes a cantantes en los musicales de Broadway. Así que, por turnos, subían a un escenario y entonaban una canción de cualquier famoso musical esperando que algún representante de Broadway se fijara en ellos y les transportara de la cocina al escenario. Lo merecen. Impresionante.
El tráfico en Nueva York se resume en un noventa por ciento de taxis, un nueve por ciento de vehículos privados (de los cuales hay multitud de limusinas de largos impresionantes) y un uno por ciento de coches oficiales, en su mayoría de policía. Así que la forma más sencilla de moverse por la ciudad por arriba es en taxi. No son caros y conoces gente venida de cualquier parte del mundo, porque como en toda gran urbe cosmopolita que se precie, los conductores son casi todos inmigrantes de los cinco continentes. No me hace falta hablar inglés bien, porque seguramente él tampoco lo hablará. Me basta con indicarle el cruce de la calle con la avenida a la que quiero dirigirme y él me lleva tan ricamente. Si no es hablador, puedo entretenerme con la pantalla conectada a Internet que lleva en el respaldo de su asiento. Mientras dura el trayecto leo las noticias, veo la televisión, me entero del tiempo que va a hacer los próximos días, observo cómo el GPS se desliza por el entramado de calles de la ciudad o miro por la ventanilla. Todo es entretenimiento.

Stardust, el café de los cantantes
Y la culminación de todo ese telar cibernético es Times Square, la madrileña Puerta del Sol (junto con la plaza de Callao) al más puro estilo americano. Diez veces más ancho, diez veces más largo, diez veces más alto, diez veces más poblado y un millón de veces más luminoso. Las pantallas de alta (altísima) definición que cuelgan apiñadas en las fachadas superan con creces el centenar de metros cuadrados cada una. Anuncian todo lo que se puede anunciar, lo que se puede vender. Te anuncian inclusive a ti mismo. Observo cómo una gran tienda de moda tiene habilitado un pequeño estudio donde los clientes graban un pequeño spot que, al cabo de unos minutos, proyectan hacia fuera ante los miles de transeúntes que cruzan por delante de la puerta. Hay otra pantalla gigante que me capta con una cámara escondida mientras camino por la calle y me muestra al resto en riguroso directo. Ahí me doy cuenta de que yo también soy parte de la ciudad, parte del espectáculo. Acabo siendo famoso por unos minutos en el mismo centro de Nueva York, el ombligo del mundo.
En la 5ª Avenida, hay una tienda donde todos los dependientes son veinteañeros y veinteañeras sacados de una agencia de modelos, hermosos y hermosas muchachas, maniquíes andantes que te atienden como si fueras el único cliente de una tienda de ropa de cuatro plantas, con luces de discoteca, música de discoteca y precios imposibles. Me doy cuenta de que todos los clientes somos europeos vueltos medio locos por gastar. Ni un solo americano se atreve a comprar. Para ellos también los precios son carísimos. Por eso emigran a los centros comerciales de las afueras. Poco más allá, la tienda de Apple se excava en el interior de una plaza entre la 5ª avenida con la calle 59 bajo techo de cristal. En la tienda no cabe un alfiler y se distribuyen a partes iguales clientes y empleados embutidos en camisetas azul eléctrico para que no pierdas tiempo buscando a uno para poder comprar. Capitalismo en estado puro.
En Chinatown todo es chino, no sólo sus habitantes, sino también los olores, los sabores, los precios, los pescados, las frutas y las especias de las tiendas que sacan la mercancía a la calle, los carteles del McDonald’s. Desde los años 80 del pasado siglo los chinos se han comido literalmente a los italianos de Little Italy, donde ya sólo quedan algunos pocos restaurantes. Eso sí, las casas siguen siendo las mismas, con no más de cinco plantas y la escalera de incendios serpenteando por la fachada de ladrillo sucio. Los comerciantes te abordan sin molestar y te ofrecen entrar en sus tiendas donde venden de todo, y también te ofrecen seguirles a una trastienda oculta, donde aún venden más.
Habría mucho más que contar pero convertiría esta reseña en un libro de viajes. Por supuesto que vi la torre Chrysler, subí al Empire State y al Rockefeller Center, paseé por Central Park, cruce el puente de Brooklyn, caminé por la 5ª avenida o la calle 42, me impresioné con Broadway y con la Estatua de la Libertad…, pero eso lo ha hecho todo el mundo y lo ha visto aún más gente. Por eso he contado lo que me impresionó de un Nueva York distinto que, curiosamente, está en el mismo sitio que el otro.

Puesto de fruta en Chinatown